El siniestro harén de Gadafi
por Sergio Perea
Al principio fue ingenua fascinación. La que sintió una
estudiante de apenas quince años al tener frente a ella al Guía Supremo.
Titubeante y temblorosa le entregó un ramo de flores. Él tomó
suavemente su mano y la besó. Era Muamar Gadafi, el hombre que 35 años
antes había abrazado el poder en Libia con una mezcolanza de socialismo,
nacionalismo árabe y el paternalismo más indulgente. Aquella mañana de
2004, visitaba una escuela de Sirte, el enclave situado en el litoral
mediterráneo que vio nacer al Coronel.
Aún estaba exultante. Recibir el gesto cariñoso del líder
era un privilegio restringido a unos pocos. Nada presagiaba el inicio de
la pesadilla más siniestra. Al día siguiente, un coche oficial paró
frente a la peluquería en la que la muchacha solía pasar horas ayudando a
su madre. Entraron tres mujeres, una de ellas con uniforme militar, y
le comunicaron a la progenitora que su hija había sido congraciada por
mostrarse tan gentil en la recepción escolar. Debía acompañarles para
entregar otro obsequio al Coronel. De nada sirvió la airada negativa de
la madre: la chica fue conducida al vehículo, que rápidamente partió
hacia un campamento ubicado en el desierto.
Allí estaba él, acostado en un sillón rojo frente a una enorme televisión de plasma. La miró de arriba abajo y espetó a una de las mujeres: "¡Preparadla!". Aterrorizada, fue acicalada en un cuarto contiguo. Tomaron sus medidas y le extrajeron una muestra de sangre. De nuevo frente a él, que ahora yacía totalmente desnudo sobre una enorme cama. De la inquietud inicial, la joven pasó al terror más sórdido. Trató de escapar. Forcejeó en vano con las asistentes del Coronel. Entre ellas estaba Mabrouka Sherif, erigida como ‘madame’ de su corte personal, recordada como la más cruel de las carceleras. Irritado por la resistencia de su nueva inquilina, Muammar gritó: “¡Miren a esta zorra! ¡Educadla y traédmela de nuevo!” Al día siguiente, logró satisfacer el anhelo que albergaba desde la mañana en que la vio por vez primera.
| Muamar Gadafi junto a una joven. En primer plano su segunda esposa, Safia Farkash. |
Allí estaba él, acostado en un sillón rojo frente a una enorme televisión de plasma. La miró de arriba abajo y espetó a una de las mujeres: "¡Preparadla!". Aterrorizada, fue acicalada en un cuarto contiguo. Tomaron sus medidas y le extrajeron una muestra de sangre. De nuevo frente a él, que ahora yacía totalmente desnudo sobre una enorme cama. De la inquietud inicial, la joven pasó al terror más sórdido. Trató de escapar. Forcejeó en vano con las asistentes del Coronel. Entre ellas estaba Mabrouka Sherif, erigida como ‘madame’ de su corte personal, recordada como la más cruel de las carceleras. Irritado por la resistencia de su nueva inquilina, Muammar gritó: “¡Miren a esta zorra! ¡Educadla y traédmela de nuevo!” Al día siguiente, logró satisfacer el anhelo que albergaba desde la mañana en que la vio por vez primera.
Derechos de la mujer
“Nunca olvidaré el primer día. Mancilló mi cuerpo, pero también atravesó mi alma con un puñal. Aún siento el filo dentro de mí”. Es el espantoso testimonio de Soraya, nombre ficticio elegido, no por casualidad, por ella misma. Sus palabras emergen con amargura exactamente dos años después de la caída y muerte del coronel Gadafi. Un relato que la periodista francesa Annick Cojean ha decidido recoger en ‘El harén de Gadafi’, un trabajo que busca reparar la memoria de aquellas mujeres que sufrieron con horror las extravagancias domésticas del caudillo libio.
En sus páginas se encuentra, junto al de Soraya, el
testimonio de otras mujeres que tuvieron la desgracia de entusiasmar al
Coronel. Algunas raptadas incluso en su propia boda, en presencia de
unos familiares que, desde ese instante, renegaron de ellas. El drama
adquiere proporciones monstruosas cuando, tras sufrir innumerables
vejaciones, las ‘guerreras’ de Gadafi comprueban que son una deshonra
para su clan y en consecuencia, no merecen ni la vida.
| Miembros de la guardia personal del coronel. |
La coexistencia de un poder tiránico e ilimitado y una conducta sexual que raya lo patológico no es exclusiva del llamado ‘Hermano Líder’ de la revolución libia. Mucho se ha escrito sobre las perversas alcobas de Mussolini o Mao Tsé Tung, pero las estridencias de Gadafi se llevan la palma. Los relatos obtenidos por Cojean describen bacanales eternas de whisky, cocaína y Viagra, pero también retratan a un maníaco sexual que disfruta con las parafilias más humillantes. Basta con explicar que las milicianas privadas del Coronel terminaban cada jornada con el cuerpo amoratado y cubierto de llagas.
El apelativo castrense de las esclavas sexuales del
dictador libio no es casual. Gadafi se jactaba ya en el tiempo en que
era admirado por el mundo árabe y buena parte de la izquierda occidental
de ser un firme defensor de los derechos de las mujeres. Afirmaba con
suficiencia que bajo su mandato las féminas se habían liberado del yugo
masculino. Y como muestra se hizo rodear de una suerte de escuadrón
privado integrada por algunas de las mujeres que servían en la intimidad
a sus más oscuras pasiones. Conocido popularmente como la Guardia
Amazónica de Gadafi, dejaba perplejas a las personalidades que se
reunían con el líder libio. Y no fueron pocas, pues en sus últimos años y
en un notable ejercicio de funambulismo político estrechó lazos con la
flor y nata de las antaño denostadas superpotencias occidentales.
Soraya, que no alcanza siquiera la treintena, vive hoy con
un estigma que permanecerá junto a ella hasta el final de sus días. Sabe
que aquella desgarradora experiencia le ha condenado para siempre. Pero
confía en que la publicación ‘El harén de Gadafi’ haga justicia con
aquellas mujeres condenadas a morir en vida por la demencia de un
régimen despótico y delirante.
(publicado en ABC y en los regionales de Vocento el 25 de octubre de 2013)
(publicado en ABC y en los regionales de Vocento el 25 de octubre de 2013)

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