Han pasado tres meses desde la última vez que me dejé ver
por aquí. Queda claro que la constancia y la motivación para con estos
artilugios virtuales no son mi fuerte. Bien podría haber revitalizado el blog
con algún “corta y pega”, una referencia rápida o un vídeo de youtube, pero para
eso ya están el 90% de los periodistas
y cronistas digitales.
Hoy no he podido resistirme. El tema que me ha hecho retomar
el blog no es nuevo, ya ha sido abordado y aclarado en decenas de blogs y webs diversas.
Aun así algo me impulsa a poner mi granito de arena para paliar la creciente
toxicidad que impregna a la información y la documentación en Internet. Quizá haya
sido que todo un profesor de la licenciatura de Periodismo –portador de una
cátedra desde hace bastante años- cuya identidad omitiré (al menos hasta el
próximo mes de febrero…) haya caído en una peligrosa imprecisión como ya lo
hicieron millones de incautos y confiados internautas en los últimos dos años.
Se trata de este artículo atribuido erróneamente al
reconocido lingüista y politólogo Noam Chomsky (enlazo a una de sus primeras apariciones, corregida ya con la firma correspondiente). Si bien es cierto que la
equívoca autoría no invalida necesariamente el contenido del texto, sí
pierde una considerable legitimidad teniendo en cuenta la idea defendida por el
mismo. ¿Cómo prevenir de la manipulación mediática haciendo uso precisamente
de las armas que se denuncian? En efecto y como otros sitios llevan advirtiendo
desde que comenzó su difusión masiva el texto es obra de un tal Sylvain Timsit
como síntesis de un misterioso panfleto titulado “Armas silenciosas paraguerras tranquilas” (que he llegado a ver atribuido al propio Chomsky en más de
una ocasión). Tal y como el propio Timsit asegura en su página se trataría de
un documento que salió a la luz tras aparecer accidentalmente en una
fotocopiadora (¿?) adquirida en una subasta de excedentes del ejército
norteamericano. ¿Y de dónde procedía semejante reliquia? Del mismísimo Club Bilderberg, por qué no. De hecho basta con unos minutos revoloteando por los
dominios del investigador francés para
no extrañarnos de que haya tenido el privilegio de acceder a un documento
oficial de tan extrema sensibilidad.
Noam Chomsky goza de gran prestigio entre amplios sectores de la izquierda más o menos radical, incluso en los círculos más ácratas. Sin embargo esta circunstancia evidencia que muchos de sus admiradores no conocen demasiado bien su obra. El decálogo de Timsit es de una superficialidad e ingenuidad pasmosa, impropia del intelectual norteamericano. Podemos discrepar de sus diagnósticos, en ocasiones demasiado ideologizados, de su fijación por algunas teorías ya superadas, pero si algo caracteriza a Chomsky es la profusión de datos, su gran capacidad de análisis y una nula querencia por reducciones y simplismos. Basta con leer “Los guardianes de la libertad” , una de sus obras más conocidas y la más próxima al texto en cuestión. Me pregunto cuántos de quienes han contribuído –y lo siguen haciendo- a la divulgación de un panfleto de tintes conspiranoicos conocen realmente la obra y el pensamiento de Chomsky.
Puede que el fondo de alguno de los puntos del decálogo
tenga cierta validez y legitimidad en el degradado sistema informativo actual.
No obstante en mi opinión tanto su estilo como el modo en que se ha difundido
sólo contribuye precisamente a alimentar aquello que pretende denunciar. La
explosión de las redes sociales ha generalizado un peligroso fenómeno de transmisión
de ideas y manipulación informativa bajo un disfraz de motivaciones nobles y filantrópicas.
Y no deja de ser curioso que buena parte de estos memes bienintencionados cuestionen sistemáticamente la legitimidad
de los medios de comunicación y por extensión de toda la profesión periodística,
ya irremediablemente empotrada a las diabólicas élites financieras. Los mismos
argumentos reduccionistas que impregnan buena parte de los movimientos de rebelión
social que desde la Red manifiestan su repulsa al actual estado de las cosas. Estas
iniciativas –tan loables en su fondo cómo el texto de Sylvain- carecen a la
hora de la verdad de una praxis política realista y una homogeneidad que le dote
de la identidad y la fuerza necesarias para plantear una alternativa factible y
sólida al sistema político-social imperante.
La simplificación de ideas y la generalización de conceptos
(periodismo = lacayismo, política = corrupción) que textos como el
archiconocido decálogo de errónea y perversa atribución sólo contribuye a esa
fácil y mediocre demagogia que facilita la difusión vírica de un contenido,
pero de forma paralela también conduce a la reivindicación conformista y la
proclama vacía. La engañosa e histriónica rebeldía como estrategia adaptativa
moderna. La eterna utopía que nunca llegará. Y sin apenas percatarnos perdemos
por litros capacidad crítica, asumimos como irreparable la pervertida imagen del periodismo,
confundimos la idea de democracia -Padioleau ya hablaba de pseudodemocracia- y finalmente quedamos instalados en esa
realidad paralela [virtual] que neutraliza toda capacidad de intervención en el auténtico
sistema.
No, el fin no justifica los medios.

0 sugerencias:
Publicar un comentario