Corea del Norte emerge a la actualidad de los medios
occidentales cada cierto tiempo. En esta ocasión los motivos han sido tan
enigmáticos como nos tienen acostumbrados. No en vano se trata del estado más
hermético del planeta. Una suerte de dinastía estalinista que cuenta para temor
de sus cuantiosos enemigos con el cuarto ejército más poderoso del mundo. Algo
más de un millón de efectivos –el 20% de la población masculina entre 17 y 54
años- y un cuerpo de reserva de ¡8 millones de hombres! Un poderío militar desproporcionado y
surrealista para un país que lleva más de una década instalado en una hambruna
permanente y –se sospecha- con un aparato de represión digno de los estadistas más avezados.
Como el lector -al que presumo informado- ya conocerá, las
informaciones que han devuelto a la remota tiranía norcoreana a la actualidad son
los últimos pasos del recién nombrado Líder Supremo Kim Jong-un, el misterioso
vástago de Kim Jong-il que le sucedió tras el fallecimiento de éste el diciembre pasado. Por
un lado las cada vez más frecuentes apariciones públicas del vivaracho caudillo
junto a una jovencita que podría ser su pareja o incluso su esposa. Por otro, más
preocupante fue el anuncio de la destitución de la mano derecha de Kim Jong-un, el
que fuera jefe del Ejército Popular de Corea Ri Yong-ho, según parece a causa
de una enfermedad. Hoy mismo Pyongyang ha divulgado que su sustituto sería nada menos que el propio Kim-Jong-un. No sean perspicaces, se trata de una crisis de gobierno de lo más
común.
| Porque él también tiene su corazoncito. |
| Ri Yong-ho junto al Líder antes de coger frío... |
Este país siempre atrajo mi atención. Estoy convencido de
que todo amante de la ciencia-ficción distópica siente una intensa atracción
hacia los enredos y tejemanejes de tan colorida nación. Hace algo más de un año
–antes de la desaparición del Amado Líder- redacté un reportaje en el que traté
de desgranar las claves de esta peculiar dictadura. Al final de tan extenso artículo incluyo dos documentales muy recomendables para conocer de forma más visual el escenario que se vive en la lejana república en tiempos recientes.
Corea del Norte: solos en el paraíso.
• Las tensiones
recientes entre ambas Coreas constituyen el último episodio de un conflicto
pendiente de resolución desde hace medio siglo.
• Los observadores
internacionales atribuyen la escalada militar al proceso interno de sucesión
que vive la república comunista ante la supuesta enfermedad de su líder Kim
Jong-il.
El pasado 23 de noviembre el Ejército Popular de Corea del
Norte utilizó su artillería para disparar varios obuses contra la isla
surcoreana de Yeonpyeong, situada cerca de la frontera marítima entre ambas
repúblicas. El ataque tuvo como consecuencia la muerte de cuatro personas, dos
de ellas civiles. A pesar de que el régimen de Kim Jong-il se justificó con
unas supuestas maniobras militares realizadas por el vecino del sur sin
autorización, el ejército surcoreano respondió la afrenta con el bombardeo de
varias bases norcoreanas. Durante algunos días estos incidentes provocaron una
escalada de tensión en la región que provocó la condena casi unánime de la
comunidad internacional.
Los enfrentamientos en la isla de Yeonpyeong, a pesar de la
temible novedad que suponía la muerte de dos civiles, no fueron sino el último
episodio de una particular relación de fuerzas que se prolonga a lo largo de
varias generaciones. Retazos de una nación privada de su integridad territorial
desde hace más de un siglo. Un estado sumido en la miseria que se cimenta sobre
una esquizofrénica ideología. Varios millones de coreanos condenados a una
fractura histórica y emocional que parece eternizarse ante un desenlace que les
coloca al borde del precipicio. El incidente del pasado mes de noviembre fue el
último capítulo de un conflicto que se prolonga desde hace décadas, pero que
hunde sus raíces en el infortunio de una nación amenazada e indefensa ante
injerencias externas desde mucho tiempo atrás.
Una nación
en conflicto permanente.
La península de Corea vivió durante varios siglos bajo la
hegemonía de la dinastía Joseon, la familia aristocrática de origen chino que
reinó en Corea hasta comienzos del siglo XX. A pesar de que la influencia china
fue profunda durante este período –el Confucianismo fue adoptado como ideología
del Estado y de la sociedad- el legado Joseon sentó las bases de la cultura
coreana, muy palpable por ejemplo en la creación de la escritura Hangul.
En el siglo XIX las potencias occidentales competían con el
esplendoroso Imperio Japonés por el control de los puertos marítimos y el floreciente
mercado del Este asiático. Corea luchaba junto a sus vecinos chinos por
preservar su independencia ante la proliferación de tratados comerciales y
financieros en la región. A pesar del empeño coreano y del apoyo de una China
asediada por las presiones comerciales, el poderoso imperialismo japonés minó
la fortaleza del país y fue incrementando gradualmente su influencia en la
península mediante acuerdos con la dinastía Joseon. El vacío de poder y la
inestabilidad social desembocaron en 1910 en la materialización de la ocupación
japonesa de Corea, impulsada con el apoyo de EE. UU. tras la victoria nipona en
la Guerra Ruso-Japonesa.
El control japonés sobre el sistema social coreano fue
férreo. El renacer del sentimiento imperial japonés con la Restauración Meijí a
partir de 1868 evolucionó hacia un nacionalismo agresivo de corte militar que
desembocó en su alineamiento con el eje ítalo-alemán durante la II Guerra
Mundial. Uno de los rasgos más destacados de la nueva política imperial era el
impulso de la industria armamentística. La concentración de la economía
japonesa en este sector hacía imprescindible la expansión colonial para evitar
desequilibrios financieros que pusieran en duda la fortaleza del Gran Japón. En
consecuencia, Corea fue instrumentalizada como una vasta fuente de materias
primas agrarias sometida a los intereses nipones. Los campos coreanos fueron
asolados y sus trabajadores se convirtieron en meros esclavos al servicio del
emperador.
La identificación del nacionalismo japonés con los fascismos
europeos no quedaría únicamente en el fomento de la industria militar. El
período de ocupación japonesa en la península coreana –y parte de China-
escribió además uno de los más siniestros episodios del siglo XX. Durante las
expropiaciones masivas que siguieron a la instauración de la radical política
colonial japonesa, la represión fue cruel y despiadada. Violaciones, torturas,
hambrunas, fusilamientos,… En este escenario cabe situar el tristemente célebre
Escuadrón 731, uno de tantos macabros programas de investigación
pseudocientífica en base a los cuales el Imperio Japonés realizó despiadados y
letales experimentos con prisioneros de territorios ocupados.
| Shirō Ishii, principal responsable del monstruoso Escuadrón 731, nunca llegó a ser juzgado. |
El nacionalismo
coreano trató de proteger a duras penas la riqueza de su cultura frente a la
brutalidad del vecino invasor. Se las prometían muy felices cuando, tras la
derrota japonesa en los estertores de la II Guerra Mundial, todo parecía
indicar que por primera vez en mucho tiempo tendrían la ocasión de construir de
forma autónoma el soñado estado coreano. Sin embargo, la presencia en la
península de las dos superpotencias que habían salido victoriosas en el
conflicto desembocaron en la implantación de dos sistemas antagónicos que se
reclamaban mutuamente el control de la nación. En el Norte se instauró un
régimen comunista liderado por Kim Il-sung, en el Sur un estado autocrático
comandado por el anticomunista Shyngman Rhee, en la órbita norteamericana. En
1950, el ejército norcoreano atravesó el paralelo 38 –frontera acordada dos
años antes por EE.UU. y la URSS- y arrasó literalmente a las tropas
surcoreanas. Un enfrentamiento inevitable que se prolongó hasta el verano de
1953 y que sería cerrado en falso por la inconveniencia de norteamericanos y
soviéticos a enfrentarse apenas un lustro después de una guerra que había
horrorizado al mundo. Pese al apresurado desenlace el poder destructivo de la
Guerra de Corea fue descomunal. Los enfrentamientos acabaron con la vida de más
de cuatro millones de personas, civiles y militares. Un trágico legado que le
convierte en uno de los conflictos más sangrientos desde 1945.
La polarización
ideológica de la península coreana provocó su inevitable división en 1948. En
el Norte quedó instaurado un régimen comunista liderado por Kim Il-sung,
coreano nacido durante la invasión japonesa que había militado en la
resistencia controlada el Partido Comunista chino. Tras fracasar la tentativa
de unificar las dos Coreas bajo un gran estado socialista, Kim Il-sung
emprendió un programa intensivo de planes quinquenales al más puro estilo
soviético que centró sus esfuerzos en la industria pesada, el desarrollo
militar y la colectivización de la agricultura. El desarrollo de Corea del
Norte, devastada tras la guerra, fue notorio. En los años sesenta el nivel de
vida en el Norte superaba con creces a la aún convaleciente Corea del Sur. Sin
embargo, el rumbo de la nación cambiaría a partir de los años setenta cuando,
en un escenario marcado por el distanciamiento entre la URSS y China, Kim
Il-sung abandonó su rol de comunista ortodoxo y se embarcó en un proyecto
megalómano de dudosa racionalidad: la idea Juche. Una peculiar desviación del
leninismo, que de forma paulatina ha abstraído a varios millones de coreanos
hacia una suerte de paraíso socialista hermético, rígido y de tintes
esquizoides.
El nuevo sistema ideológico transformó radicalmente el modo
de vida norcoreano. Así como durante los primeros años del nazismo se ejerció
una intensa totalización del individuo en torno al nuevo orden político –la
denominada Gleichschaltung- Kim Il-sung
inyectó las células de su nueva creación en todos los rincones del
territorio. La militarización de todos los aspectos de la vida diaria, la
omnipresencia de símbolos nacionales y tradicionales y, especialmente, la
ruptura de cualquier relación con los agentes externos, que empezaron a ser
demonizados a conciencia. Los efectos prácticos del Juche no se hicieron
esperar. La ruptura de relaciones comerciales con sus socios tradicionales
–China había emprendido un proceso de apertura económica que causó recelos en
el régimen norcoreano- y una deuda externa astronómica arrastraron al país
hacia una profunda crisis de infaustas consecuencias. Aunque no existen datos
contrastables por el hermetismo del estado coreano varios organismos internacionales
como Amnistía Internacional, Human Rights Watch y medios contrastados como The
Economist cifran en cerca de dos millones –casi el 10% de su población- las
pérdidas humanas derivadas de las severas hambrunas que vapulearon al pueblo
norcoreano entre 1995 y 1999. Su impacto fue tan evidente que, en 2001, las
autoridades norcoreanas cedieron ante las presiones internacionales y
reconocieron la gravedad de la situación, si bien nunca dieron crédito a las
elevadas cifras divulgadas por medios extranjeros.
En los últimos años la situación no ha mejorado. El
fallecimiento en 1994 del padre de la revolución Juche catapultó al poder a su
hijo Kim Jong-il, quien no dudó en continuar con mano de hierro el legado
paterno pese a la agónica situación de su población. Las dantescas escenas que
mostraban a millones de coreanos velando a su admirado líder, sumidos en la más
absoluta desolación fueron una evidencia clara de la aguda penetración de la
filosofía Juche en el subconsciente norcoreano. A pesar de su desaparición, el
régimen se ocupó de perpetuar la presencia de Kim Il-sung con una enmienda de
la Constitución que él mismo diseñó años atrás por la que fue designado
Presidente Eterno de la República. Su vástago y sucesor, Kim Jong-il se
concedió el privilegiado puesto de Líder Supremo, cargo simbólico que compagina
con la jefatura del Ejército Popular y del Partido de los Trabajadores, la
formación política que gobierna el país desde 1949.
| Kim Il-sung y Kim Jong-il, arquitectos de un paraíso tétrico. |
Apuntalar
el régimen en pleno siglo XXI.
El incidente del 23 de noviembre en la isla de Yeonpyeong,
cuya soberanía surcoreana no reconoce el Norte y en donde los dos vecinos se
enzarzaron a cañonazos, revela hasta qué punto la situación interna de Corea
del Norte es inestable. La presencia de civiles en la zona, muchos de los
cuales tuvieron que ser evacuados, hizo que este bombardeo resultara aún más
provocador que el ataque que realizó en marzo para hundir el buque de guerra
surcoreano Cheonan, en el que murieron 46 marineros. Apenas unas semanas antes
de los ataques a Yeonpyeong, Corea del Norte mostró a una delegación de
científicos norteamericanos una planta de enriquecimiento de uranio nunca antes
revelada, que aumentará la capacidad del régimen para fabricar armas nucleares.
Desde su instauración el gobierno de Kim Jong-il manifestó
su disposición de acercar posturas con Corea del Sur. Las crecientes presiones
internacionales y la delicada situación económica hicieron posible una tímida
reapertura de las relaciones internacionales. En 2000 tuvo lugar la primera
cumbre entre ambas Coreas que se desarrolló en un ambiente de cordialidad y de
la que salieron promesas de reagrupación de familias y acuerdos comerciales que
nunca llegaron a fructificar. El mismo desenlace tuvieron las conversaciones de
seis partes –EE. UU., Rusia, China, Japón y las dos Coreas- desarrolladas
durante 2005 sobre el programa nuclear norcoreano, punta de lanza de la
estrategia militar disuasoria que el régimen justifica frente a la hostilidad
del enemigo exterior, en continua conspiración contra el paraíso Juche.
Durante los años noventa, con la población asolada por una
de las mayores hambrunas del último siglo, el régimen norcoreano rompió
unilateralmente el Tratado de No Proliferación Nuclear al reprocesar en secreto
suficiente plutonio como para producir dos armas nucleares. Como consecuencia
EE.UU. decidió incluir a Corea del Norte en su particular eje del mal. La
administración de George W. Bush confiaba en poder resolver el problema
norcoreano potenciando su aislamiento para facilitar la caída del régimen
comunista. Su inesperada fortaleza exigió un cambio de estrategia. Kim Jong-il
aceptó entrar en conversaciones con las potencias nucleares bajo la condición
de que EE. UU. frenara el asedio económico y bancario en torno a sus dirigentes
y colaborara en el procesamiento de fuentes de energía alternativas.
Posteriormente, cuando la diplomacia se estancó, Corea del Norte lanzó una
serie de misiles en el Mar de Japón. Los cinco miembros permanentes del Consejo
de Seguridad de las Naciones Unidas acordaron una resolución que condenaba las
acciones de Corea del Norte, y China advirtió al régimen de Pyongyang que
moderara su comportamiento. Los avisos fueron desoídos y en 2006 Corea del
Norte detonó un dispositivo nuclear. Tres años después repitió la maniobra.
Sin embargo, los incidentes que han tenido lugar este año en
torno a la Zona desmilitarizada de Corea –la franja de seguridad que protege el
límite territorial de tregua establecido en el armisticio de 1953-, pueden
tener una explicación muy distinta. Los analistas internacionales coinciden en
señalar la debilidad de un sistema cada vez más aislado y lo que es más
determinante, el precario estado de salud de su líder que impera acelerar el
proceso de sucesión.
El régimen norcoreano tiene el poder de la debilidad. En
ciertas situaciones, la debilidad –y la amenaza de que un socio se colapse-
puede ser una fuente de poder en una negociación. El hundimiento de un estado
con una deuda externa incuantificable resulta una amenaza muy seria para los
estados periféricos. Otra cuestión espinosa es la alarmante situación de la
población norcoreana. Sumidos en una escasez alimentaria que dura ya dos
décadas y si visos de resolverse, junto al evidente déficit de libertades
presagian una estampida de refugiados hacia los países vecinos, un horizonte
para nada deseable en China y Corea del Sur. China no quiere una Corea del
Norte nuclear o beligerante, pero aún más le preocupa que un estado fallido se
colapse en su frontera. Y es que si desde los años noventa la cantidad de
norcoreanos que escapan del paraíso Juche ha crecido casi exponencialmente –a
pesar de que en la mayor parte de los casos son detenidos y repatriados con
todas sus funestas consecuencias-, el éxodo masivo que generaría una hipotética
quiebra del estado norcoreano no sería plato de buen gusto para el gobierno
chino, más interesado en su propio crecimiento económico que en los problemas
de sus vecinos.
La mayoría de los observadores atribuyen las recientes
provocaciones a la sucesión anticipada del poder en Pyongyang. Kim Jong-il pasó
décadas preparándose como sucesor de su padre, Kim Il-sung, pero muchos
informes sugieren que se está acercando al final de su vida. El pasado mes de
octubre, una fecha simbólica 10-10-2010, en un multitudinario desfile militar
que conmemoraba el 65º aniversario del Partido de los Trabajadores, Kim Jong-il
presentó en sociedad a su hijo menor. Kim Jong-un, con tan solo 28 años –o 26
según fuentes extraoficiales- ha sido promovido como sucesor natural en
detrimento del primogénito, el díscolo Kim Jong-nam, poco dispuesto a seguir el
ejemplo de su padre.
Esta exhibición de fuerza militar para proteger al régimen
de las amenazas externas puede, en realidad, estar destinada a favorecer el
acceso al poder de este general de 28 años. En los últimos años, en un discreto
y calculado lavado de cara, el régimen ha aceptado con cuentagotas la entrada
de turistas y trabajadores occidentales. En cambio la entrada de periodistas y
observadores internacionales ha sido mucho más limitada. En el desfile militar
del pasado octubre, en una decisión sin precedentes Kim Jong-il invitó a varios
medios extranjeros –entre ellos TVE- para que fueran testigos directos de la
capacidad militar del régimen del Líder Supremo y la puesta de largo de quien,
más pronto que tarde, será el tercer peldaño de esta singular dinastía
comunista.
Corea del Norte es, con permiso de Cuba, el último reducto
de la Guerra Fría. Un régimen hermético salido de la II Guerra Mundial y de un
conflicto entre compatriotas que aún hoy, medio siglo después sigue sin
resolverse. El vaporoso armisticio de 1953, firmado en connivencia con las
potencias que entonces guiaban los designios de un mundo dividido, permanece en
el subconsciente de la comunidad internacional casi intacto. En pleno siglo XXI
ningún organismo, ningún actor internacional parece interesado en finiquitar un
conflicto irresoluble. Un conflicto que da alas a un régimen anacrónico que, a
pesar del secretismo y el bloqueo informativo se sabe, somete a 24 millones de personas
a un control represivo bajo la ilusión de una ideología delirante. Esta suerte
de estalinismo remozado ha convertido al ciudadano norcoreano en un zombi que
reside en un mundo irreal. Muertos en vida que creen sobrevivir en un paraíso
igualitario mientras deambulan entre monstruosas estatuas de sus líderes,
modernas autopistas por las que apenas circulan coches ante la ausencia de
combustibles y gigantescas avenidas que al anochecer caen en la más absoluta
oscuridad. Los menos afortunados puede que sobrevivan en alguno de los
innumerables campos de concentración que se especula podrían albergar a varios
millones de prisioneros. La mayoría de ellos encerrados durante generaciones
por el mero hecho de ser parientes de algún prófugo. Son sobrecogedores los
testimonios de los pocos que han logrado salir. Quienes no corrieron esa suerte
nunca podrán contarlo. En el siglo XX asistimos horrorizados a un macabro
despliegue de atrocidades perpetradas por seres humanos como nosotros.
Alemania, Rusia, Camboya, Turquía, Chile, Argentina, Bolivia,… La lista es
interminable. El mundo se ha transformado en el último medio siglo con una
celeridad inédita hasta entonces, pero esta lista de la vergüenza sigue
esperando expectante al siguiente inquilino.
Y como complemento, dos documentales muy ilustrativos sobre la situación actual de Corea del Norte:
"Amarás al líder sobre todas las cosas", emitido por Cuatro en 2007.
"Corea del Norte: Acceso al Terror", producido por la BBC en 2004.

