lunes, 12 de noviembre de 2012

¡Muera la inteligencia!

No es mal momento para retomar la manida cuestión de la propaganda social y política. Asistimos en las últimas semanas al despliegue de la que es en mi opinión la más brillante campaña de ingeniería social y política desarrollada en España en las últimas décadas. Hablo de la cuestión de Cataluña, y por ende de España así como de la rutilante clase política que rige los destinos de ambos territorios.
Habremos de trasladarnos mucho tiempo atrás –antes de la consolidación de las democracias liberales, del estado de bienestar y del complejo aparato que sostiene ambas quimeras- para reconocer la trascendencia de una figura cuya lucidez, no exenta de polémica, sirvió de inspiración para el estudio de la psicología social y la opinión pública tal y como son entendidas en la actualidad.
Me estoy refiendo a Gustave LeBon (1841-1931), sociólogo y físico francés que realizó hace ya más de un siglo importantes contribuciones al pensamiento de décadas posteriores con sus reflexiones y argumentos en torno a la masa. Si bien sus textos están salpicados de matices ideológicos hoy ya superados, éstos no invalidan su percepción del hombre-masa como un ente gris, simple y emocional. He aquí varios extractos bastante ilustrativos de su “Psicología de las Masas” (1885):
“Una masa perpetuamente balanceándose al borde de la inconsciencia, pronta a ceder a todas las sugestiones, poseyendo toda la violencia de sentimiento propia de los seres que no pueden apelar a la influencia de la razón, desprovista de toda facultad crítica, no puede ser más que excesivamente crédula. Lo improbable no existe para una masa y es necesario tener esta circunstancia bien presente para comprender la facilidad con la cual las leyendas y las historias más improbables resultan creadas y propagadas. (…)
Una masa piensa por medio de imágenes y la imagen misma inmediatamente llama a otras imágenes que no tienen ninguna conexión lógica con la primera. Podemos fácilmente concebir este estado pensando en la fantástica sucesión de ideas que se nos ocurren a veces cuando traemos a la mente cualquier hecho. Nuestra razón nos muestra la incoherencia que hay entre esas imágenes pero una masa es casi ciega para esta verdad y confunde el hecho real con la distorsión que su imaginación le ha sobreimpreso. Una masa apenas si percibe la diferencia entre lo subjetivo y lo objetivo. Acepta como reales las imágenes evocadas en su mente aunque con gran frecuencia tengan una relación muy distante con el hecho observado. (…)
Para combatir lo que precede, la calidad mental de los individuos que componen la masa no debe ser esgrimida. Esta calidad no tiene importancia. Desde el momento en que forma parte de una masa, la persona instruida y el ignorante son igualmente incapaces de observar.”
“Tanto si los sentimientos exhibidos por una masa son buenos o malos, en todos los casos presentan el doble carácter de ser muy simples y muy exagerados. En este aspecto, como en tantos otros, un individuo en una masa se parece a los seres primitivos. Incapaz de distinciones sutiles, percibe las cosas como un todo y se vuelve ciego ante las gradaciones intermedias. La exageración de los sentimientos de una masa aumenta por el hecho de que cualquier sensación, una vez exhibida, se comunica muy rápidamente por un proceso de sugestión y contagio, aumentando considerablemente su fuerza por la evidente aprobación de la cual es objeto.
La simpleza y la exageración de los sentimientos de las masas tienen por resultado que una multitud no conoce ni duda ni incertidumbre (…). Una sospecha, ni bien es anunciada, se transforma en evidencia incontrovertible. El inicio de una antipatía o desaprobación, que en el caso del individuo aislado no ganaría fuerza, se convierte en odio furioso cuando se trata del individuo dentro de la masa.”
Las características del razonamiento de las masas son, por un lado, la asociación de cosas disímiles que poseen una conexión meramente aparente entre sí, y por el otro, la inmediata generalización de casos particulares. Son argumentos de este tipo los que ofrecen a las masas quienes saben cómo manejarlas. Son los únicos argumentos por medio de los cuales las masas pueden ser influenciadas. Una cadena de argumentos lógicos es totalmente incomprensible para las masas y es por eso que está permitido decir que no razonan, o que razonan falsamente y no pueden ser influenciadas por medio de razonamientos. Al leer ciertos discursos, a veces uno se asombra de su debilidad siendo que, a pesar de ello, los mismos han tenido una enorme influencia sobre las masas que los han escuchado. Lo que se olvida es que su intención fue la de persuadir colectividades y no la de ser leídos por filósofos. Un orador, en íntimo contacto con la muchedumbre, puede evocar imágenes que la seducirán. Si tiene éxito, su objetivo estará logrado y veinte volúmenes de disertaciones – siempre el resultado de la reflexión – no valen lo que unas pocas frases que apelan a los cerebros que había que convencer.
Sería superfluo agregar que la impotencia de las masas para razonar correctamente les impide manifestar rastro alguno de espíritu crítico, esto es, les impide ser capaces de discernir la verdad del error o formarse un juicio preciso en cualquier materia. Los juicios aceptados por las masas son meramente juicios impuestos sobre ellas y jamás juicios adoptados después de una discusión. En esta materia, los individuos que no sobrepasan el nivel de una masa son numerosos. La facilidad con la que ciertas opiniones obtienen una aceptación general resulta más especialmente de la imposibilidad experimentada por la mayoría de las personas de formarse una opinión íntima y singular basada sobre un razonamiento propio.”
Leyendo a LeBon es fácil quedarse en lo obvio y subestimar sus aportaciones por el excesivo peso que tienen en ellas los ideales conservadores que postulaba. Pero siendo más analíticos resulta incluso alarmante hasta qué punto siguen en plena vigencia algunas de sus reflexiones. Si bien las teorías del comportamiento colectivo han transcurrido por sendas alejadas de lo trazado por LeBon, algunas de sus consideraciones han sido puestas de manifiesto de forma inquietante en los últimos tiempos.  
Sirvan como ejemplos el potencial autoritario latente entre ciertos grandes colectivos o los fenómenos de desindividualización y anonimato en estos contextos. En otras palabras, cómo ciertas circunstancias sociales pueden llegar a neutralizar el control personal del individuo y su inteligencia crítica. Fenómenos harto paradójicos en una sociedad que tiende hacia el extremo individualismo con la disolución y el envilecimiento de elementos comunes como la moral o la raigambre cultural. Quebrantar lo que nos une y arraiga para hacernos más dóciles.

 
“Psicología de las Masas” de Gustave LeBon está editado en España por Ediciones Morata, con traducción de Alfredo Guera Miralles. Su última edición fue publicada en 2005.

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