No es mala idea esbozar las primeras líneas de esta
bitácora con una recomendación. Hace algunos meses que descubrí Jot Down, una
revista digital de corta trayectoria aunque prolífica y densa en cuanto a sus
contenidos. El propósito de sus impulsores fue romper con esa tendencia que
siguen los medios en Internet en la que la información y los textos originales
claudican ante la opinión y el mal llamado periodismo ciudadano. Todo ello
unido a la obsesión por la permanente renovación estética y la adaptación del
diseño a los nuevos soportes tecnológicos.
El diseño de Jot Down es sencillo, sobrio y elegante. Tanto
la apariencia como la estructuración de contenidos le aproximan más al formato
impreso que al entorno digital. Una sensación reafirmada si tenemos en cuenta
que el color brilla por su ausencia. La apuesta por el blanco y negro es toda una marca de identidad en una era
netamente visual. La justificación es sencilla. El color marca una frontera
temporal entre dos épocas casi contrapuestas. Entre distintos géneros y
distintas ideas. El blanco y negro sitúa todas las imágenes al mismo nivel de
percepción. Todo cuidado al milímetro para conceder el máximo protagonismo a
los textos.
Y ahí radica el principal valor añadido de Jot Down. Uno de
los rasgos que marcan el nuevo periodismo es la inmediatez, la urgencia por actualizar contenidos en detrimento de la calidad y la profundidad de los
mismos. La filosofía de esta revista es diametralmente opuesta. Artículos de
fondo que abordan los temas más diversos desde perspectivas desgraciadamente
poco frecuentes en la prensa actual. Música, cine, ciencia, ocio,… Secciones clásicas
de contenidos nada usuales. Basta con repasar el título de algunos de sus
artículos para percatarse de su singularidad.
Una de las secciones que más han llamado mi atención es la
deportiva. Este género es sin duda uno de los más golpeados por la crisis de identidad que sufre el periodismo actual. En un momento en el que la opinión
devora el espacio informativo en pro de los beneficios cortoplacistas son las
áreas teóricamente más “ligeras” las que sufren un deterioro más acusado. Poco
queda de aquellos cronistas que mimaban el lenguaje para construir un estilo
único dentro del género. Aquellos que daban prioridad a lo estrictamente
deportivo, a los valores humanos y éticos que atesora cada disciplina. No voy a
incidir en los culpables de la decadencia del ramo. Sus causas e implicaciones
van más allá del propio periodismo. Afortunadamente la amplitud de la red tiene
sitio para alternativas que los medios tradicionales dejaron de lado hace
demasiado tiempo.
Cada artículo de la sección en Jot Down es una pequeña joya.
Alternan entrevistas de figuras de ayer y hoy con historias del presente y el
pasado. Con gusto y un acertado sentido del humor. El interés que me llevó a
redactar esta entrada recayó sobre dos artículos concretos bien relacionados. La
crónica de dos relatos que reflejan el estrecho vínculo entre la historia y el
deporte, entre las emociones y la competición. Mucho más cercanas a la Europa
actual que el llamado “Partido de la Muerte” entre varios futbolistas del Dinamo
Kiev reclutados como prisioneros de guerra -entre otros deportistas- y un grupo de soldados de la
Wermacht en plena Segunda Guerra Mundial o aquel que relató Kapuscinski en “La Guerra del Fútbol” que sirvió de catalizador para el conflicto que enfrentó a
Honduras y El Salvador allá por 1969.
| Instantánea del Start, el equipo de prisioneros de guerra que derrotó a los nazis en un campo de fútbol. |
En este caso el objetivo se centra en la extinta Yugoslavia.
Un conflicto bélico que se prolongó en distintas fases durante toda la década
de los noventa ante la conmoción e incredulidad del civilizado viejo continente.
Yugoslavia se constituye como Estado tras la victoria de los partisanos en la
Segunda Guerra Mundial. Al frente de la misma se sitúa el Mariscal Josip Broz, “Tito”,
que decide unificar a todos los pueblos eslavos del sur en torno a una gran
federación socialista. No sin dificultades consigue mantener una relativa
estabilidad durante varias décadas, llegando incluso a lograr un destacable
crecimiento económico hasta los años 60. Un desarrollo impulsado gracias a la
acrobática labor del Mariscal, funambulista entre los dos mundos de
entonces.
Pero nada es eterno y el adhesivo comienza a diluirse tras
la muerte del líder yugoslavo en 1980. En aquellos años se solía decir que “Yugoslavia
tenía siete fronteras, seis repúblicas, cinco nacionalidades, cuatro idiomas,
tres religiones, dos alfabetos y un líder”. El poder de contención que ejerció
Tito durante más de 30 años había desaparecido fulminantemente. El desmoronamiento de aquel cóctel
multicultural sería cuestión de tiempo. Lo que no esperaba Europa es que
alcanzara tales grados de destrucción y atrocidad.
Tras la estrepitosa escalada de violencia y rencores de la
década de los ochenta, se presentó una nueva década con un escenario de lo más
incierto. La caída del muro de Berlín y la paulatina democratización de los
satélites soviéticos presagiaban el definitivo cambio que la decrépita
Yugoslavia socialista necesitaba. Pero no sería fácil.
El hervidero social de las calles se trasladó
irremediablemente a los feudos deportivos, donde ese radicalismo que
desgraciamente se había apoderado de las gradas europeas en años anteriores,
tuvo en aquel país una significación más profunda, más extrema. La filiación a
un equipo, a unos colores quedó vinculada a sentimientos atávicos, aquellos que
encendieron el conflicto más cruento vivido en Europa desde 1945.
Las dos historias a las que hice referencia quedaron fijadas
en dos imágenes que han pasado a la historia como el símbolo de una infamia. La
desgracia de un país que cayó en un destino irremediable. La abyección de un
deporte que se tiñe de odio y termina en la trinchera.
| La infame patada de Zvonimir Boban a un polícia serbio [1] convertida en un símbolo para Croacia. |
| Otrora ídolo yugoslavo, tras el "incidente de la bandera" Vlade Divac recibió el desprecio de millones de croatas. |
Dos imágenes. Y dos artículos muy recomendables. Asumo que si han llegado hasta aquí ambos textos colmarán su curiosidad. Disfrútenlos.
> Petrovic y Divac, once brothers.
[1] Polícia que finalmente resultó ser un bosnio musulmán que perdonó publicamente al jugador. Ironías de la vida, se entiende.
[1] Polícia que finalmente resultó ser un bosnio musulmán que perdonó publicamente al jugador. Ironías de la vida, se entiende.

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