jueves, 12 de julio de 2012

De la pluma a la trinchera.

No es mala idea esbozar las primeras líneas de esta bitácora con una recomendación. Hace algunos meses que descubrí Jot Down, una revista digital de corta trayectoria aunque prolífica y densa en cuanto a sus contenidos. El propósito de sus impulsores fue romper con esa tendencia que siguen los medios en Internet en la que la información y los textos originales claudican ante la opinión y el mal llamado periodismo ciudadano. Todo ello unido a la obsesión por la permanente renovación estética y la adaptación del diseño a los nuevos soportes tecnológicos.

El diseño de Jot Down es sencillo, sobrio y elegante. Tanto la apariencia como la estructuración de contenidos le aproximan más al formato impreso que al entorno digital. Una sensación reafirmada si tenemos en cuenta que el color brilla por su ausencia. La apuesta por el blanco y negro  es toda una marca de identidad en una era netamente visual. La justificación es sencilla. El color marca una frontera temporal entre dos épocas casi contrapuestas. Entre distintos géneros y distintas ideas. El blanco y negro sitúa todas las imágenes al mismo nivel de percepción. Todo cuidado al milímetro para conceder el máximo protagonismo a los textos.
Y ahí radica el principal valor añadido de Jot Down. Uno de los rasgos que marcan el nuevo periodismo es la inmediatez, la urgencia por actualizar contenidos en detrimento de la calidad y la profundidad de los mismos. La filosofía de esta revista es diametralmente opuesta. Artículos de fondo que abordan los temas más diversos desde perspectivas desgraciadamente poco frecuentes en la prensa actual. Música, cine, ciencia, ocio,… Secciones clásicas de contenidos nada usuales. Basta con repasar el título de algunos de sus artículos para percatarse de su singularidad.
Una de las secciones que más han llamado mi atención es la deportiva. Este género es sin duda uno de los más golpeados por la crisis de identidad que sufre el periodismo actual. En un momento en el que la opinión devora el espacio informativo en pro de los beneficios cortoplacistas son las áreas teóricamente más “ligeras” las que sufren un deterioro más acusado. Poco queda de aquellos cronistas que mimaban el lenguaje para construir un estilo único dentro del género. Aquellos que daban prioridad a lo estrictamente deportivo, a los valores humanos y éticos que atesora cada disciplina. No voy a incidir en los culpables de la decadencia del ramo. Sus causas e implicaciones van más allá del propio periodismo. Afortunadamente la amplitud de la red tiene sitio para alternativas que los medios tradicionales dejaron de lado hace demasiado tiempo.
Cada artículo de la sección en Jot Down es una pequeña joya. Alternan entrevistas de figuras de ayer y hoy con historias del presente y el pasado. Con gusto y un acertado sentido del humor. El interés que me llevó a redactar esta entrada recayó sobre dos artículos concretos bien relacionados. La crónica de dos relatos que reflejan el estrecho vínculo entre la historia y el deporte, entre las emociones y la competición. Mucho más cercanas a la Europa actual que el llamado “Partido de la Muerte” entre varios futbolistas del Dinamo Kiev reclutados como prisioneros de guerra -entre otros deportistas- y un grupo de soldados de la Wermacht en plena Segunda Guerra Mundial o aquel que relató Kapuscinski en “La Guerra del Fútbol” que sirvió de catalizador para el conflicto que enfrentó a Honduras y El Salvador allá por 1969.
Instantánea del Start, el equipo de prisioneros de guerra que derrotó a los nazis en un campo de fútbol.
En este caso el objetivo se centra en la extinta Yugoslavia. Un conflicto bélico que se prolongó en distintas fases durante toda la década de los noventa ante la conmoción e incredulidad del civilizado viejo continente. Yugoslavia se constituye como Estado tras la victoria de los partisanos en la Segunda Guerra Mundial. Al frente de la misma se sitúa el Mariscal Josip Broz, “Tito”, que decide unificar a todos los pueblos eslavos del sur en torno a una gran federación socialista. No sin dificultades consigue mantener una relativa estabilidad durante varias décadas, llegando incluso a lograr un destacable crecimiento económico hasta los años 60. Un desarrollo impulsado gracias a la acrobática labor del Mariscal, funambulista entre los dos mundos de entonces.
Pero nada es eterno y el adhesivo comienza a diluirse tras la muerte del líder yugoslavo en 1980. En aquellos años se solía decir que “Yugoslavia tenía siete fronteras, seis repúblicas, cinco nacionalidades, cuatro idiomas, tres religiones, dos alfabetos y un líder”. El poder de contención que ejerció Tito durante más de 30 años había desaparecido fulminantemente. El desmoronamiento de aquel cóctel multicultural sería cuestión de tiempo. Lo que no esperaba Europa es que alcanzara tales grados de destrucción y atrocidad.
Tras la estrepitosa escalada de violencia y rencores de la década de los ochenta, se presentó una nueva década con un escenario de lo más incierto. La caída del muro de Berlín y la paulatina democratización de los satélites soviéticos presagiaban el definitivo cambio que la decrépita Yugoslavia socialista necesitaba. Pero no sería fácil. 
El hervidero social de las calles se trasladó irremediablemente a los feudos deportivos, donde ese radicalismo que desgraciamente se había apoderado de las gradas europeas en años anteriores, tuvo en aquel país una significación más profunda, más extrema. La filiación a un equipo, a unos colores quedó vinculada a sentimientos atávicos, aquellos que encendieron el conflicto más cruento vivido en Europa desde 1945.
Las dos historias a las que hice referencia quedaron fijadas en dos imágenes que han pasado a la historia como el símbolo de una infamia. La desgracia de un país que cayó en un destino irremediable. La abyección de un deporte que se tiñe de odio y termina en la trinchera.
La infame patada de Zvonimir Boban a un polícia serbio [1] convertida en un símbolo para Croacia.

Otrora ídolo yugoslavo, tras el "incidente de la bandera" Vlade Divac recibió el desprecio de millones de croatas.

Dos imágenes. Y dos artículos muy recomendables. Asumo que si han llegado hasta aquí ambos textos colmarán su curiosidad. Disfrútenlos.
> Petrovic y Divac, once brothers.


[1] Polícia que finalmente resultó ser un bosnio musulmán que perdonó publicamente al jugador. Ironías de la vida, se entiende.


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