“Blanco como los Alpes, rojo como los volcanes y verde
como las llanuras de la
Lombardía ”.
Con esas palabras quiso el poeta Francesco Dall’Ongaro dotar
a la bandera italiana de una identidad que los libros de historia no aciertan a
situar. Los tres colores se exhiben por primera vez en uno de los satélites que
Napoleón había ubicado en la península transalpina. Algunos atribuyen su
invención, sin constancia documental todo hay que decirlo, a una sociedad
secreta que ejercía cierta influencia en la política de la región. Un lobby en
los tiempos de la guillotina. Durante siglo y medio se sucedieron pugnas de
poder, revoluciones, conflictos armadas e incluso una dictadura fascista
patrocinada por un Rey que apuntaló a su dinastía y condenó a su pueblo a la
peor guerra de la historia. A su final un referéndum ratificó el imperdonable
coqueteo del monarca e implantó una república que malvive ante un desfile de
incompetentes. La bandera pervivió. El escudo del Saboya abjurado desapareció.
Perduran los colores.
Tal vez no sea justa la analogía con nuestro país. Los
paralelismos históricos entre ambos estados no van más allá de los que cabrían
con otros vecinos europeos. Pero no puedo evitar mirar al exterior cada vez que
veo con asombro imágenes de la enésima conmemoración del catorce de abril.
Ochenta y dos años largos. Y no, no me irrita que un español reivindique un
cambio de forma de Estado, utopía que uno mismo comparte. Lo que me entristece
y encrespa es la instrumentalización torticera y ridícula de los símbolos. Y es
que por muy pasados de moda que estén, el Hombre sigue persiguiendo esas señas
de identidad. Esos paraguas de ideas y fundamentos más o menos etéreos que nos
orientan en sociedad.
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| Manifestación por la III República del 14 de abril de 2010 (FUENTE: PCPE Madrid) |
¿No entienden que instantáneas como esta no hacen sino
perjudicar el espíritu de una reclamación totalmente legítima? El peor momento
de los Borbones en ocho décadas y el único republicanismo visible en España
tropezando con las mismas piedras. Me pregunto qué saben quiénes enarbolan la
tricolor con la estrella roja o de forma más obvia emblemas tan “universales”
como la hoz y el martillo del espíritu republicano que inspiró a la España de 1931. Qué saben
de Azaña. De Ortega. De Fernando de los Ríos. De Unamuno. Y qué dirían éstos si
se las vieran en semejante tesitura. Con toda probabilidad se quedarían
atónitos y saldrían despavoridos. Porque por esos lodazales dogmáticos, por esa
politización de un espíritu colectivo se despeñó la España que más prometía con
las consecuencias que todos conocemos y aún sufrimos.
Por todo ello y por mucho más soy incapaz de sentir
identificación alguna con esa bandera. Y no por que constituya un error de
dimensiones históricas –que lo hace- sino porque pertenece al pasado. Un pasado
fugaz con más oscuros que claros que parece condenado a ser utilizado sistemáticamente
por el oportunismo más vomitivo. La bandera tricolor es el digno distintivo de
una mitad de España que tuvo que inclinar la cabeza frente a la otra mitad durante
casi medio siglo. Y más aún, el tributo a una generación de españoles a quienes
se les arrebató la patria con una injusticia atroz. Pero poca utilidad real
tiene en pleno siglo XXI cuando lleva décadas adulterada por muchos que
despreciarían esa República que sería la única posible en España. Una República
de y para todos los españoles. Exactamente lo contrario a lo que anhelaban
quienes desde uno y otro lado se encargaron de aniquilar la del 31.


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