lunes, 12 de noviembre de 2012

¡Muera la inteligencia!

No es mal momento para retomar la manida cuestión de la propaganda social y política. Asistimos en las últimas semanas al despliegue de la que es en mi opinión la más brillante campaña de ingeniería social y política desarrollada en España en las últimas décadas. Hablo de la cuestión de Cataluña, y por ende de España así como de la rutilante clase política que rige los destinos de ambos territorios.
Habremos de trasladarnos mucho tiempo atrás –antes de la consolidación de las democracias liberales, del estado de bienestar y del complejo aparato que sostiene ambas quimeras- para reconocer la trascendencia de una figura cuya lucidez, no exenta de polémica, sirvió de inspiración para el estudio de la psicología social y la opinión pública tal y como son entendidas en la actualidad.
Me estoy refiendo a Gustave LeBon (1841-1931), sociólogo y físico francés que realizó hace ya más de un siglo importantes contribuciones al pensamiento de décadas posteriores con sus reflexiones y argumentos en torno a la masa. Si bien sus textos están salpicados de matices ideológicos hoy ya superados, éstos no invalidan su percepción del hombre-masa como un ente gris, simple y emocional. He aquí varios extractos bastante ilustrativos de su “Psicología de las Masas” (1885):
“Una masa perpetuamente balanceándose al borde de la inconsciencia, pronta a ceder a todas las sugestiones, poseyendo toda la violencia de sentimiento propia de los seres que no pueden apelar a la influencia de la razón, desprovista de toda facultad crítica, no puede ser más que excesivamente crédula. Lo improbable no existe para una masa y es necesario tener esta circunstancia bien presente para comprender la facilidad con la cual las leyendas y las historias más improbables resultan creadas y propagadas. (…)
Una masa piensa por medio de imágenes y la imagen misma inmediatamente llama a otras imágenes que no tienen ninguna conexión lógica con la primera. Podemos fácilmente concebir este estado pensando en la fantástica sucesión de ideas que se nos ocurren a veces cuando traemos a la mente cualquier hecho. Nuestra razón nos muestra la incoherencia que hay entre esas imágenes pero una masa es casi ciega para esta verdad y confunde el hecho real con la distorsión que su imaginación le ha sobreimpreso. Una masa apenas si percibe la diferencia entre lo subjetivo y lo objetivo. Acepta como reales las imágenes evocadas en su mente aunque con gran frecuencia tengan una relación muy distante con el hecho observado. (…)
Para combatir lo que precede, la calidad mental de los individuos que componen la masa no debe ser esgrimida. Esta calidad no tiene importancia. Desde el momento en que forma parte de una masa, la persona instruida y el ignorante son igualmente incapaces de observar.”
“Tanto si los sentimientos exhibidos por una masa son buenos o malos, en todos los casos presentan el doble carácter de ser muy simples y muy exagerados. En este aspecto, como en tantos otros, un individuo en una masa se parece a los seres primitivos. Incapaz de distinciones sutiles, percibe las cosas como un todo y se vuelve ciego ante las gradaciones intermedias. La exageración de los sentimientos de una masa aumenta por el hecho de que cualquier sensación, una vez exhibida, se comunica muy rápidamente por un proceso de sugestión y contagio, aumentando considerablemente su fuerza por la evidente aprobación de la cual es objeto.
La simpleza y la exageración de los sentimientos de las masas tienen por resultado que una multitud no conoce ni duda ni incertidumbre (…). Una sospecha, ni bien es anunciada, se transforma en evidencia incontrovertible. El inicio de una antipatía o desaprobación, que en el caso del individuo aislado no ganaría fuerza, se convierte en odio furioso cuando se trata del individuo dentro de la masa.”
Las características del razonamiento de las masas son, por un lado, la asociación de cosas disímiles que poseen una conexión meramente aparente entre sí, y por el otro, la inmediata generalización de casos particulares. Son argumentos de este tipo los que ofrecen a las masas quienes saben cómo manejarlas. Son los únicos argumentos por medio de los cuales las masas pueden ser influenciadas. Una cadena de argumentos lógicos es totalmente incomprensible para las masas y es por eso que está permitido decir que no razonan, o que razonan falsamente y no pueden ser influenciadas por medio de razonamientos. Al leer ciertos discursos, a veces uno se asombra de su debilidad siendo que, a pesar de ello, los mismos han tenido una enorme influencia sobre las masas que los han escuchado. Lo que se olvida es que su intención fue la de persuadir colectividades y no la de ser leídos por filósofos. Un orador, en íntimo contacto con la muchedumbre, puede evocar imágenes que la seducirán. Si tiene éxito, su objetivo estará logrado y veinte volúmenes de disertaciones – siempre el resultado de la reflexión – no valen lo que unas pocas frases que apelan a los cerebros que había que convencer.
Sería superfluo agregar que la impotencia de las masas para razonar correctamente les impide manifestar rastro alguno de espíritu crítico, esto es, les impide ser capaces de discernir la verdad del error o formarse un juicio preciso en cualquier materia. Los juicios aceptados por las masas son meramente juicios impuestos sobre ellas y jamás juicios adoptados después de una discusión. En esta materia, los individuos que no sobrepasan el nivel de una masa son numerosos. La facilidad con la que ciertas opiniones obtienen una aceptación general resulta más especialmente de la imposibilidad experimentada por la mayoría de las personas de formarse una opinión íntima y singular basada sobre un razonamiento propio.”
Leyendo a LeBon es fácil quedarse en lo obvio y subestimar sus aportaciones por el excesivo peso que tienen en ellas los ideales conservadores que postulaba. Pero siendo más analíticos resulta incluso alarmante hasta qué punto siguen en plena vigencia algunas de sus reflexiones. Si bien las teorías del comportamiento colectivo han transcurrido por sendas alejadas de lo trazado por LeBon, algunas de sus consideraciones han sido puestas de manifiesto de forma inquietante en los últimos tiempos.  
Sirvan como ejemplos el potencial autoritario latente entre ciertos grandes colectivos o los fenómenos de desindividualización y anonimato en estos contextos. En otras palabras, cómo ciertas circunstancias sociales pueden llegar a neutralizar el control personal del individuo y su inteligencia crítica. Fenómenos harto paradójicos en una sociedad que tiende hacia el extremo individualismo con la disolución y el envilecimiento de elementos comunes como la moral o la raigambre cultural. Quebrantar lo que nos une y arraiga para hacernos más dóciles.

 
“Psicología de las Masas” de Gustave LeBon está editado en España por Ediciones Morata, con traducción de Alfredo Guera Miralles. Su última edición fue publicada en 2005.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Sobre la perversión de la rebeldía social.

Han pasado tres meses desde la última vez que me dejé ver por aquí. Queda claro que la constancia y la motivación para con estos artilugios virtuales no son mi fuerte. Bien podría haber revitalizado el blog con algún “corta y pega”, una referencia rápida o un vídeo de youtube, pero para eso ya están el 90% de los periodistas y cronistas digitales.
Hoy no he podido resistirme. El tema que me ha hecho retomar el blog no es nuevo, ya ha sido abordado y aclarado en decenas de blogs y webs diversas. Aun así algo me impulsa a poner mi granito de arena para paliar la creciente toxicidad que impregna a la información y la documentación en Internet. Quizá haya sido que todo un profesor de la licenciatura de Periodismo –portador de una cátedra desde hace bastante años- cuya identidad omitiré (al menos hasta el próximo mes de febrero…) haya caído en una peligrosa imprecisión como ya lo hicieron millones de incautos y confiados internautas en los últimos dos años.
Se trata de este artículo atribuido erróneamente al reconocido lingüista y politólogo Noam Chomsky (enlazo a una de sus primeras apariciones, corregida ya con la firma correspondiente). Si bien es cierto que la equívoca autoría no invalida necesariamente el contenido del texto, sí pierde una considerable legitimidad teniendo en cuenta la idea defendida por el mismo. ¿Cómo prevenir de la manipulación mediática haciendo uso precisamente de las armas que se denuncian? En efecto y como otros sitios llevan advirtiendo desde que comenzó su difusión masiva el texto es obra de un tal Sylvain Timsit como síntesis de un misterioso panfleto titulado “Armas silenciosas paraguerras tranquilas” (que he llegado a ver atribuido al propio Chomsky en más de una ocasión). Tal y como el propio Timsit asegura en su página se trataría de un documento que salió a la luz tras aparecer accidentalmente en una fotocopiadora (¿?) adquirida en una subasta de excedentes del ejército norteamericano. ¿Y de dónde procedía semejante reliquia? Del mismísimo Club Bilderberg, por qué no. De hecho basta con unos minutos revoloteando por los dominios del investigador francés para no extrañarnos de que haya tenido el privilegio de acceder a un documento oficial de tan extrema sensibilidad.

Noam Chomsky goza de gran prestigio entre amplios sectores de la izquierda más o menos radical, incluso en los círculos más ácratas. Sin embargo esta circunstancia evidencia que muchos de sus admiradores no conocen demasiado bien su obra. El decálogo de Timsit es de una superficialidad e ingenuidad pasmosa, impropia del intelectual norteamericano. Podemos discrepar de sus diagnósticos, en ocasiones demasiado ideologizados, de su fijación por algunas teorías ya superadas, pero si algo caracteriza a Chomsky es la profusión de datos, su gran capacidad de análisis y una nula querencia por reducciones y simplismos. Basta con leer “Los guardianes de la libertad” , una de sus obras más conocidas y la más próxima al texto en cuestión. Me pregunto cuántos de quienes han contribuído –y lo siguen haciendo- a la divulgación de un panfleto de tintes conspiranoicos conocen realmente la obra y el pensamiento de Chomsky.
Puede que el fondo de alguno de los puntos del decálogo tenga cierta validez y legitimidad en el degradado sistema informativo actual. No obstante en mi opinión tanto su estilo como el modo en que se ha difundido sólo contribuye precisamente a alimentar aquello que pretende denunciar. La explosión de las redes sociales ha generalizado un peligroso fenómeno de transmisión de ideas y manipulación informativa bajo un disfraz de motivaciones nobles y filantrópicas. Y no deja de ser curioso que buena parte de estos memes bienintencionados cuestionen sistemáticamente la legitimidad de los medios de comunicación y por extensión de toda la profesión periodística, ya irremediablemente empotrada a las diabólicas élites financieras. Los mismos argumentos reduccionistas que impregnan buena parte de los movimientos de rebelión social que desde la Red manifiestan su repulsa al actual estado de las cosas. Estas iniciativas –tan loables en su fondo cómo el texto de Sylvain- carecen a la hora de la verdad de una praxis política realista y una homogeneidad que le dote de la identidad y la fuerza necesarias para plantear una alternativa factible y sólida al sistema político-social imperante.
La simplificación de ideas y la generalización de conceptos (periodismo = lacayismo, política = corrupción) que textos como el archiconocido decálogo de errónea y perversa atribución sólo contribuye a esa fácil y mediocre demagogia que facilita la difusión vírica de un contenido, pero de forma paralela también conduce a la reivindicación conformista y la proclama vacía. La engañosa e histriónica rebeldía como estrategia adaptativa moderna. La eterna utopía que nunca llegará. Y sin apenas percatarnos perdemos por litros capacidad crítica, asumimos como irreparable la pervertida imagen del periodismo, confundimos la idea de democracia -Padioleau ya hablaba de pseudodemocracia- y finalmente quedamos instalados en esa realidad paralela [virtual] que neutraliza toda capacidad de intervención en el auténtico sistema.
No, el fin no justifica los medios.

miércoles, 18 de julio de 2012

Rojo oscuro.


Corea del Norte emerge a la actualidad de los medios occidentales cada cierto tiempo. En esta ocasión los motivos han sido tan enigmáticos como nos tienen acostumbrados. No en vano se trata del estado más hermético del planeta. Una suerte de dinastía estalinista que cuenta para temor de sus cuantiosos enemigos con el cuarto ejército más poderoso del mundo. Algo más de un millón de efectivos –el 20% de la población masculina entre 17 y 54 años- y un cuerpo de reserva de ¡8 millones de hombres!  Un poderío militar desproporcionado y surrealista para un país que lleva más de una década instalado en una hambruna permanente y –se sospecha- con un aparato de represión digno de los estadistas más avezados.
Como el lector -al que presumo informado- ya conocerá, las informaciones que han devuelto a la remota tiranía norcoreana a la actualidad son los últimos pasos del recién nombrado Líder Supremo Kim Jong-un, el misterioso vástago de Kim Jong-il que le sucedió tras el fallecimiento de éste el diciembre pasado. Por un lado las cada vez más frecuentes apariciones públicas del vivaracho caudillo junto a una jovencita que podría ser su pareja o incluso su esposa. Por otro, más preocupante fue el anuncio de la destitución de la mano derecha de Kim Jong-un, el que fuera jefe del Ejército Popular de Corea Ri Yong-ho, según parece a causa de una enfermedad. Hoy mismo Pyongyang ha divulgado que su sustituto sería nada menos que el propio Kim-Jong-un. No sean perspicaces, se trata de una crisis de gobierno de lo más común.
Porque él también tiene su corazoncito.
Ri Yong-ho junto al Líder antes de coger frío...

Este país siempre atrajo mi atención. Estoy convencido de que todo amante de la ciencia-ficción distópica siente una intensa atracción hacia los enredos y tejemanejes de tan colorida nación. Hace algo más de un año –antes de la desaparición del Amado Líder- redacté un reportaje en el que traté de desgranar las claves de esta peculiar dictadura. Al final de tan extenso artículo incluyo dos documentales muy recomendables para conocer de forma más visual el escenario que se vive en la lejana república en tiempos recientes.

Corea del Norte: solos en el paraíso.
Las tensiones recientes entre ambas Coreas constituyen el último episodio de un conflicto pendiente de resolución desde hace medio siglo.
• Los observadores internacionales atribuyen la escalada militar al proceso interno de sucesión que vive la república comunista ante la supuesta enfermedad de su líder Kim Jong-il.
El pasado 23 de noviembre el Ejército Popular de Corea del Norte utilizó su artillería para disparar varios obuses contra la isla surcoreana de Yeonpyeong, situada cerca de la frontera marítima entre ambas repúblicas. El ataque tuvo como consecuencia la muerte de cuatro personas, dos de ellas civiles. A pesar de que el régimen de Kim Jong-il se justificó con unas supuestas maniobras militares realizadas por el vecino del sur sin autorización, el ejército surcoreano respondió la afrenta con el bombardeo de varias bases norcoreanas. Durante algunos días estos incidentes provocaron una escalada de tensión en la región que provocó la condena casi unánime de la comunidad internacional. 
Los enfrentamientos en la isla de Yeonpyeong, a pesar de la temible novedad que suponía la muerte de dos civiles, no fueron sino el último episodio de una particular relación de fuerzas que se prolonga a lo largo de varias generaciones. Retazos de una nación privada de su integridad territorial desde hace más de un siglo. Un estado sumido en la miseria que se cimenta sobre una esquizofrénica ideología. Varios millones de coreanos condenados a una fractura histórica y emocional que parece eternizarse ante un desenlace que les coloca al borde del precipicio. El incidente del pasado mes de noviembre fue el último capítulo de un conflicto que se prolonga desde hace décadas, pero que hunde sus raíces en el infortunio de una nación amenazada e indefensa ante injerencias externas desde mucho tiempo atrás.
Una nación en conflicto permanente.
La península de Corea vivió durante varios siglos bajo la hegemonía de la dinastía Joseon, la familia aristocrática de origen chino que reinó en Corea hasta comienzos del siglo XX. A pesar de que la influencia china fue profunda durante este período –el Confucianismo fue adoptado como ideología del Estado y de la sociedad- el legado Joseon sentó las bases de la cultura coreana, muy palpable por ejemplo en la creación de la escritura Hangul.
En el siglo XIX las potencias occidentales competían con el esplendoroso Imperio Japonés por el control de los puertos marítimos y el floreciente mercado del Este asiático. Corea luchaba junto a sus vecinos chinos por preservar su independencia ante la proliferación de tratados comerciales y financieros en la región. A pesar del empeño coreano y del apoyo de una China asediada por las presiones comerciales, el poderoso imperialismo japonés minó la fortaleza del país y fue incrementando gradualmente su influencia en la península mediante acuerdos con la dinastía Joseon. El vacío de poder y la inestabilidad social desembocaron en 1910 en la materialización de la ocupación japonesa de Corea, impulsada con el apoyo de EE. UU. tras la victoria nipona en la Guerra Ruso-Japonesa.
El control japonés sobre el sistema social coreano fue férreo. El renacer del sentimiento imperial japonés con la Restauración Meijí a partir de 1868 evolucionó hacia un nacionalismo agresivo de corte militar que desembocó en su alineamiento con el eje ítalo-alemán durante la II Guerra Mundial. Uno de los rasgos más destacados de la nueva política imperial era el impulso de la industria armamentística. La concentración de la economía japonesa en este sector hacía imprescindible la expansión colonial para evitar desequilibrios financieros que pusieran en duda la fortaleza del Gran Japón. En consecuencia, Corea fue instrumentalizada como una vasta fuente de materias primas agrarias sometida a los intereses nipones. Los campos coreanos fueron asolados y sus trabajadores se convirtieron en meros esclavos al servicio del emperador.
La identificación del nacionalismo japonés con los fascismos europeos no quedaría únicamente en el fomento de la industria militar. El período de ocupación japonesa en la península coreana –y parte de China- escribió además uno de los más siniestros episodios del siglo XX. Durante las expropiaciones masivas que siguieron a la instauración de la radical política colonial japonesa, la represión fue cruel y despiadada. Violaciones, torturas, hambrunas, fusilamientos,… En este escenario cabe situar el tristemente célebre Escuadrón 731, uno de tantos macabros programas de investigación pseudocientífica en base a los cuales el Imperio Japonés realizó despiadados y letales experimentos con prisioneros de territorios ocupados.
Shirō Ishii, principal responsable del monstruoso Escuadrón 731, nunca llegó a ser juzgado.

El nacionalismo coreano trató de proteger a duras penas la riqueza de su cultura frente a la brutalidad del vecino invasor. Se las prometían muy felices cuando, tras la derrota japonesa en los estertores de la II Guerra Mundial, todo parecía indicar que por primera vez en mucho tiempo tendrían la ocasión de construir de forma autónoma el soñado estado coreano. Sin embargo, la presencia en la península de las dos superpotencias que habían salido victoriosas en el conflicto desembocaron en la implantación de dos sistemas antagónicos que se reclamaban mutuamente el control de la nación. En el Norte se instauró un régimen comunista liderado por Kim Il-sung, en el Sur un estado autocrático comandado por el anticomunista Shyngman Rhee, en la órbita norteamericana. En 1950, el ejército norcoreano atravesó el paralelo 38 –frontera acordada dos años antes por EE.UU. y la URSS- y arrasó literalmente a las tropas surcoreanas. Un enfrentamiento inevitable que se prolongó hasta el verano de 1953 y que sería cerrado en falso por la inconveniencia de norteamericanos y soviéticos a enfrentarse apenas un lustro después de una guerra que había horrorizado al mundo. Pese al apresurado desenlace el poder destructivo de la Guerra de Corea fue descomunal. Los enfrentamientos acabaron con la vida de más de cuatro millones de personas, civiles y militares. Un trágico legado que le convierte en uno de los conflictos más sangrientos desde 1945.
 La polarización ideológica de la península coreana provocó su inevitable división en 1948. En el Norte quedó instaurado un régimen comunista liderado por Kim Il-sung, coreano nacido durante la invasión japonesa que había militado en la resistencia controlada el Partido Comunista chino. Tras fracasar la tentativa de unificar las dos Coreas bajo un gran estado socialista, Kim Il-sung emprendió un programa intensivo de planes quinquenales al más puro estilo soviético que centró sus esfuerzos en la industria pesada, el desarrollo militar y la colectivización de la agricultura. El desarrollo de Corea del Norte, devastada tras la guerra, fue notorio. En los años sesenta el nivel de vida en el Norte superaba con creces a la aún convaleciente Corea del Sur. Sin embargo, el rumbo de la nación cambiaría a partir de los años setenta cuando, en un escenario marcado por el distanciamiento entre la URSS y China, Kim Il-sung abandonó su rol de comunista ortodoxo y se embarcó en un proyecto megalómano de dudosa racionalidad: la idea Juche. Una peculiar desviación del leninismo, que de forma paulatina ha abstraído a varios millones de coreanos hacia una suerte de paraíso socialista hermético, rígido y de tintes esquizoides.
El nuevo sistema ideológico transformó radicalmente el modo de vida norcoreano. Así como durante los primeros años del nazismo se ejerció una intensa totalización del individuo en torno al nuevo orden político –la denominada Gleichschaltung- Kim Il-sung  inyectó las células de su nueva creación en todos los rincones del territorio. La militarización de todos los aspectos de la vida diaria, la omnipresencia de símbolos nacionales y tradicionales y, especialmente, la ruptura de cualquier relación con los agentes externos, que empezaron a ser demonizados a conciencia. Los efectos prácticos del Juche no se hicieron esperar. La ruptura de relaciones comerciales con sus socios tradicionales –China había emprendido un proceso de apertura económica que causó recelos en el régimen norcoreano- y una deuda externa astronómica arrastraron al país hacia una profunda crisis de infaustas consecuencias. Aunque no existen datos contrastables por el hermetismo del estado coreano varios organismos internacionales como Amnistía Internacional, Human Rights Watch y medios contrastados como The Economist cifran en cerca de dos millones –casi el 10% de su población- las pérdidas humanas derivadas de las severas hambrunas que vapulearon al pueblo norcoreano entre 1995 y 1999. Su impacto fue tan evidente que, en 2001, las autoridades norcoreanas cedieron ante las presiones internacionales y reconocieron la gravedad de la situación, si bien nunca dieron crédito a las elevadas cifras divulgadas por medios extranjeros.
En los últimos años la situación no ha mejorado. El fallecimiento en 1994 del padre de la revolución Juche catapultó al poder a su hijo Kim Jong-il, quien no dudó en continuar con mano de hierro el legado paterno pese a la agónica situación de su población. Las dantescas escenas que mostraban a millones de coreanos velando a su admirado líder, sumidos en la más absoluta desolación fueron una evidencia clara de la aguda penetración de la filosofía Juche en el subconsciente norcoreano. A pesar de su desaparición, el régimen se ocupó de perpetuar la presencia de Kim Il-sung con una enmienda de la Constitución que él mismo diseñó años atrás por la que fue designado Presidente Eterno de la República. Su vástago y sucesor, Kim Jong-il se concedió el privilegiado puesto de Líder Supremo, cargo simbólico que compagina con la jefatura del Ejército Popular y del Partido de los Trabajadores, la formación política que gobierna el país desde 1949.
Kim Il-sung y Kim Jong-il, arquitectos de un paraíso tétrico.

Apuntalar el régimen en pleno siglo XXI.
El incidente del 23 de noviembre en la isla de Yeonpyeong, cuya soberanía surcoreana no reconoce el Norte y en donde los dos vecinos se enzarzaron a cañonazos, revela hasta qué punto la situación interna de Corea del Norte es inestable. La presencia de civiles en la zona, muchos de los cuales tuvieron que ser evacuados, hizo que este bombardeo resultara aún más provocador que el ataque que realizó en marzo para hundir el buque de guerra surcoreano Cheonan, en el que murieron 46 marineros. Apenas unas semanas antes de los ataques a Yeonpyeong, Corea del Norte mostró a una delegación de científicos norteamericanos una planta de enriquecimiento de uranio nunca antes revelada, que aumentará la capacidad del régimen para fabricar armas nucleares.
Desde su instauración el gobierno de Kim Jong-il manifestó su disposición de acercar posturas con Corea del Sur. Las crecientes presiones internacionales y la delicada situación económica hicieron posible una tímida reapertura de las relaciones internacionales. En 2000 tuvo lugar la primera cumbre entre ambas Coreas que se desarrolló en un ambiente de cordialidad y de la que salieron promesas de reagrupación de familias y acuerdos comerciales que nunca llegaron a fructificar. El mismo desenlace tuvieron las conversaciones de seis partes –EE. UU., Rusia, China, Japón y las dos Coreas- desarrolladas durante 2005 sobre el programa nuclear norcoreano, punta de lanza de la estrategia militar disuasoria que el régimen justifica frente a la hostilidad del enemigo exterior, en continua conspiración contra el paraíso Juche.
Durante los años noventa, con la población asolada por una de las mayores hambrunas del último siglo, el régimen norcoreano rompió unilateralmente el Tratado de No Proliferación Nuclear al reprocesar en secreto suficiente plutonio como para producir dos armas nucleares. Como consecuencia EE.UU. decidió incluir a Corea del Norte en su particular eje del mal. La administración de George W. Bush confiaba en poder resolver el problema norcoreano potenciando su aislamiento para facilitar la caída del régimen comunista. Su inesperada fortaleza exigió un cambio de estrategia. Kim Jong-il aceptó entrar en conversaciones con las potencias nucleares bajo la condición de que EE. UU. frenara el asedio económico y bancario en torno a sus dirigentes y colaborara en el procesamiento de fuentes de energía alternativas. Posteriormente, cuando la diplomacia se estancó, Corea del Norte lanzó una serie de misiles en el Mar de Japón. Los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas acordaron una resolución que condenaba las acciones de Corea del Norte, y China advirtió al régimen de Pyongyang que moderara su comportamiento. Los avisos fueron desoídos y en 2006 Corea del Norte detonó un dispositivo nuclear. Tres años después repitió la maniobra.
Sin embargo, los incidentes que han tenido lugar este año en torno a la Zona desmilitarizada de Corea –la franja de seguridad que protege el límite territorial de tregua establecido en el armisticio de 1953-, pueden tener una explicación muy distinta. Los analistas internacionales coinciden en señalar la debilidad de un sistema cada vez más aislado y lo que es más determinante, el precario estado de salud de su líder que impera acelerar el proceso de sucesión.
El régimen norcoreano tiene el poder de la debilidad. En ciertas situaciones, la debilidad –y la amenaza de que un socio se colapse- puede ser una fuente de poder en una negociación. El hundimiento de un estado con una deuda externa incuantificable resulta una amenaza muy seria para los estados periféricos. Otra cuestión espinosa es la alarmante situación de la población norcoreana. Sumidos en una escasez alimentaria que dura ya dos décadas y si visos de resolverse, junto al evidente déficit de libertades presagian una estampida de refugiados hacia los países vecinos, un horizonte para nada deseable en China y Corea del Sur. China no quiere una Corea del Norte nuclear o beligerante, pero aún más le preocupa que un estado fallido se colapse en su frontera. Y es que si desde los años noventa la cantidad de norcoreanos que escapan del paraíso Juche ha crecido casi exponencialmente –a pesar de que en la mayor parte de los casos son detenidos y repatriados con todas sus funestas consecuencias-, el éxodo masivo que generaría una hipotética quiebra del estado norcoreano no sería plato de buen gusto para el gobierno chino, más interesado en su propio crecimiento económico que en los problemas de sus vecinos.
La mayoría de los observadores atribuyen las recientes provocaciones a la sucesión anticipada del poder en Pyongyang. Kim Jong-il pasó décadas preparándose como sucesor de su padre, Kim Il-sung, pero muchos informes sugieren que se está acercando al final de su vida. El pasado mes de octubre, una fecha simbólica 10-10-2010, en un multitudinario desfile militar que conmemoraba el 65º aniversario del Partido de los Trabajadores, Kim Jong-il presentó en sociedad a su hijo menor. Kim Jong-un, con tan solo 28 años –o 26 según fuentes extraoficiales- ha sido promovido como sucesor natural en detrimento del primogénito, el díscolo Kim Jong-nam, poco dispuesto a seguir el ejemplo de su padre.
Esta exhibición de fuerza militar para proteger al régimen de las amenazas externas puede, en realidad, estar destinada a favorecer el acceso al poder de este general de 28 años. En los últimos años, en un discreto y calculado lavado de cara, el régimen ha aceptado con cuentagotas la entrada de turistas y trabajadores occidentales. En cambio la entrada de periodistas y observadores internacionales ha sido mucho más limitada. En el desfile militar del pasado octubre, en una decisión sin precedentes Kim Jong-il invitó a varios medios extranjeros –entre ellos TVE- para que fueran testigos directos de la capacidad militar del régimen del Líder Supremo y la puesta de largo de quien, más pronto que tarde, será el tercer peldaño de esta singular dinastía comunista.
Corea del Norte es, con permiso de Cuba, el último reducto de la Guerra Fría. Un régimen hermético salido de la II Guerra Mundial y de un conflicto entre compatriotas que aún hoy, medio siglo después sigue sin resolverse. El vaporoso armisticio de 1953, firmado en connivencia con las potencias que entonces guiaban los designios de un mundo dividido, permanece en el subconsciente de la comunidad internacional casi intacto. En pleno siglo XXI ningún organismo, ningún actor internacional parece interesado en finiquitar un conflicto irresoluble. Un conflicto que da alas a un régimen anacrónico que, a pesar del secretismo y el bloqueo informativo se sabe, somete a 24 millones de personas a un control represivo bajo la ilusión de una ideología delirante. Esta suerte de estalinismo remozado ha convertido al ciudadano norcoreano en un zombi que reside en un mundo irreal. Muertos en vida que creen sobrevivir en un paraíso igualitario mientras deambulan entre monstruosas estatuas de sus líderes, modernas autopistas por las que apenas circulan coches ante la ausencia de combustibles y gigantescas avenidas que al anochecer caen en la más absoluta oscuridad. Los menos afortunados puede que sobrevivan en alguno de los innumerables campos de concentración que se especula podrían albergar a varios millones de prisioneros. La mayoría de ellos encerrados durante generaciones por el mero hecho de ser parientes de algún prófugo. Son sobrecogedores los testimonios de los pocos que han logrado salir. Quienes no corrieron esa suerte nunca podrán contarlo. En el siglo XX asistimos horrorizados a un macabro despliegue de atrocidades perpetradas por seres humanos como nosotros. Alemania, Rusia, Camboya, Turquía, Chile, Argentina, Bolivia,… La lista es interminable. El mundo se ha transformado en el último medio siglo con una celeridad inédita hasta entonces, pero esta lista de la vergüenza sigue esperando expectante al siguiente inquilino.
Y como complemento, dos documentales muy ilustrativos sobre la situación actual de Corea del Norte:
"Amarás al líder sobre todas las cosas", emitido por Cuatro en 2007.
"Corea del Norte: Acceso al Terror", producido por la BBC en 2004.

lunes, 16 de julio de 2012

Batallas por librar.


Era de esperar que en estos tiempos de conflictividad política y efervescencia social un hecho que tuvo lugar hace nada menos que ocho siglos pasara desapercibido. Convertida España en un protectorado de facto –¿o de “soberanía suspendida”?- no parece razonable que una victoria medieval lograda armas mediante y en nombre del Dios cristiano pueda servir como inyección de energía para una sociedad sumida en el desencanto y la depresión. Pero a mi juicio es este uno de los grandes males del ADN español. El profundo desconocimiento de su historia y lo que es peor, en consecuencia de ello, su malinterpretación y menosprecio sistemático.
No voy a entrar en análisis socio-históricos de esta circunstancia. No es difícil recordar que nuestra historia ha sido manipulada e instrumentalizada con fines oportunistas en distintos momentos de nuestra historia más o menos reciente. Hoy día toda tentativa de establecer un paralelismo del momento actual con cualquier episodio de nuestra historia es de inmediato reprobada y tildada de reaccionaria, trasnochada o algo peor.

Al margen de estimables debates en torno a la existencia o no de una identidad nacional, es incuestionable que compartimos una historia en nuestro territorio común. Y aquel episodio del que hoy se cumplen nada menos que 800 años es uno de aquellos que marcaron un antes y un después en el devenir de los pueblos peninsulares. La Batalla de las Navas de Tolosa fue la primera gran derrota del reino musulmán frente a los reinos cristianos del norte. Alfonso VIII, rey de Castilla recurrió al Vaticano para reforzar la legitimidad de los feudos cristianos frente al poderío islámico. Inocencio III llamó a la cruzada contra los musulmanes y el rey castellano se alió con sus vecinos –con la salvedad de su homólogo leonés- y emprendió una ofensiva que tuvo su cénit un 16 de julio de 1212 con la sonada derrota de las tropas almohades en el municipio jienense que dio nombre a la contienda.
"La Batalla de las Navas de Tolosa" según F. De Paula Van Halen (1814-1887)

Aunque la presencia morisca en la península se prolongaría dos siglos más –por las contrapartidas que Castilla recibía del reino granadino- aquel enfrentamiento decantó de forma clave el equilibrio hacía el lado cristiano. La Reconquista emprendió su marcha triunfal. Con diferente desenlace en Navas, a buen seguro esta España sería bien distinta. Y entonces puede que el reiterativo debate en torno a la cuestión nacional fuera la menor de nuestras preocupaciones.
Mapa extraído de http://www.medieval-spain.com/ .

ABC publica hoy un artículo que si bien cae en algún error histórico bastante común, es una buena síntesis de lo que sucedió en tierras jienenses hace hoy exactamente ochocientos años:
"También era lunes aquel 16 de julio de 1212 y, como hoy, hacía un calor infernal al pie de Sierra Morena cuando la España cristiana propinó un duro golpe a los musulmanes en la Batalla de las Navas de Tolosa, decisiva en la Historia de España. Tanto, que hay quien habla de aquel 16 de julio de hace hoy ocho siglos como el día D de la Reconquista.
 Castellanos, aragoneses y navarros dejaron atrás sus peleas territoriales y sus disputas de linaje para unirse frente a las tropas de la Media Luna que capitaneaba Muhammad An-Nasir, más conocido por los cristianos como Miramamolín. El califa almohade había reunido un poderoso ejército, se cree que de hasta 200.000 hombres, con la intención de barrer de la península a los reinos cristianos y completar así la obra que su padre inició años atrás en la batalla de Alarcos.
 A Alfonso VIII de Castilla aún le dolía esa derrota sufrida veinte años atrás (1195) y ante la caída del castillo de Salvatierra, que suponía la amenaza musulmana sobre Toledo, solicitó la ayuda del Papa Inocencio III, que llamó a la cruzada contra los musulmanes, y logró que Pedro II de Aragón y Sancho VII El Fuerte de Navarra le secundaran en su ofensiva. Faltó el rey de León Alfonso IX, pero sí acudieron sus caballeros.
 El 14 y 15 de julio de 1212 ya estaban dispuestos en el campo de batalla más de 100.000 musulmanes dirigidos por el califa y unos 70.000 cristianos, entre castellanos, aragoneses, navarros, portugueses, cruzados franceses, además de maestros del Temple y de San Juan. Se estima que murieron unos 20.000 árabes y 12.000 cristianos. Fue una de las batallas más sangrientas y más trascendentes de la Edad Media. «No se la cita como una de las grandes batallas de la historia del mundo y seguramente ellos no fueron conscientes que habían destrozado al Islam, pero realmente fue el principio de su fin», aseguró a Efe Francisco Rivas, director sectorial del Mundo Islámico y Cuestiones Religiosas en la Asociación de Geopolítica GIN y autor del libro «1212. Las Navas».
 El ejército cristiano se había ido reuniendo durante el verano de 1212 y avanzó hacia el sur al encuentro de las huestes almohades, que les doblaban en número. Cuenta la tradición que un pastor guió a los cristianos en su paso por Despeñaperros para así poder atacar a los moros por la espalda. Llegó a las Navas, a cuatro kilómetros de lo que hoy es Santa Elena, el viernes 13 de julio y después de dos días de escaramuzas, los cristianos decidieron atacar. El vizcaíno don Diego López II de Haro capitaneó la primera carga de las tropas cristianas. Los musulmanes intentaron repetir la estrategia que tan buenos resultados les había dado en Alarcos, simulando una retirada para contraatacar con sus mejores soldados después. Los cristianos se lo esperaban y la segunda línea de combate estaba preparada, pero no era suficiente para hacer frente al ejército almohade.
En ese decisivo momento, los tres reyes cristianos al frente de sus hombres se lanzan a la batalla en una carga que resultó imparable. El rey Sancho VII de Navarra, con los doscientos caballeros navarros se dirigieron directamente hacia la tienda roja de Al-Nasir, que guardaban los imesebelen, la Guardia Negra procedente de Senegal, que se enterraban en el suelo y se anclaban con grandes cadenas, para luchar o morir. Según la tradición, Sancho VII el Fuerte rompió las cadenas, que se incorporarían después al escudo de Navarra junto a la esmeralda del turbante del califa, que logró huir a Jaén. Miramamolín moriría un año después de la derrota. [*]
Cuentan que tras la batalla, en la tarde del 16 de julio de hace hoy ocho siglos, Alfonso VIII recorrió junto al Arzobispo de Toledo, don Rodrigo Jiménez de Rada, el terrible escenario de la carnicería. De este botín se conserva el pendón de Las Navas en el Monasterio de Las Huelgas en Burgos, considerado el mejor tapiz almohade en España. En la iglesia de San Miguel Arcángel de Vilches se conserva la Cruz de Arzobispo de don Rodrigo, una bandera, una lanza de los soldados que custodiaban a Miramamolín y la casulla con la que el arzobispo ofició misa el mismo día de la batalla de las Navas de Tolosa.
 Los prisioneros árabes fueron llevados a construir la fortaleza de Calatrava la Nueva.
 Tras la victoria en las Navas, Alfonso VIII conquistó después Navas, Vilches y Baño, Baeza y Úbeda... El empuje cristiano fue ya imparable."

[*] En contra de lo que afirma la leyenda, las cadenas sarracenas que adornan el escudo de Navarra no guardan relación con la presente batalla. Este ornamento se puede encontrar en escudos previos como el de la Iglesia de San Miguel de Estella (1160) o en las miniaturas de la Biblia de Pamplona (1189).

jueves, 12 de julio de 2012

De la pluma a la trinchera.

No es mala idea esbozar las primeras líneas de esta bitácora con una recomendación. Hace algunos meses que descubrí Jot Down, una revista digital de corta trayectoria aunque prolífica y densa en cuanto a sus contenidos. El propósito de sus impulsores fue romper con esa tendencia que siguen los medios en Internet en la que la información y los textos originales claudican ante la opinión y el mal llamado periodismo ciudadano. Todo ello unido a la obsesión por la permanente renovación estética y la adaptación del diseño a los nuevos soportes tecnológicos.

El diseño de Jot Down es sencillo, sobrio y elegante. Tanto la apariencia como la estructuración de contenidos le aproximan más al formato impreso que al entorno digital. Una sensación reafirmada si tenemos en cuenta que el color brilla por su ausencia. La apuesta por el blanco y negro  es toda una marca de identidad en una era netamente visual. La justificación es sencilla. El color marca una frontera temporal entre dos épocas casi contrapuestas. Entre distintos géneros y distintas ideas. El blanco y negro sitúa todas las imágenes al mismo nivel de percepción. Todo cuidado al milímetro para conceder el máximo protagonismo a los textos.
Y ahí radica el principal valor añadido de Jot Down. Uno de los rasgos que marcan el nuevo periodismo es la inmediatez, la urgencia por actualizar contenidos en detrimento de la calidad y la profundidad de los mismos. La filosofía de esta revista es diametralmente opuesta. Artículos de fondo que abordan los temas más diversos desde perspectivas desgraciadamente poco frecuentes en la prensa actual. Música, cine, ciencia, ocio,… Secciones clásicas de contenidos nada usuales. Basta con repasar el título de algunos de sus artículos para percatarse de su singularidad.
Una de las secciones que más han llamado mi atención es la deportiva. Este género es sin duda uno de los más golpeados por la crisis de identidad que sufre el periodismo actual. En un momento en el que la opinión devora el espacio informativo en pro de los beneficios cortoplacistas son las áreas teóricamente más “ligeras” las que sufren un deterioro más acusado. Poco queda de aquellos cronistas que mimaban el lenguaje para construir un estilo único dentro del género. Aquellos que daban prioridad a lo estrictamente deportivo, a los valores humanos y éticos que atesora cada disciplina. No voy a incidir en los culpables de la decadencia del ramo. Sus causas e implicaciones van más allá del propio periodismo. Afortunadamente la amplitud de la red tiene sitio para alternativas que los medios tradicionales dejaron de lado hace demasiado tiempo.
Cada artículo de la sección en Jot Down es una pequeña joya. Alternan entrevistas de figuras de ayer y hoy con historias del presente y el pasado. Con gusto y un acertado sentido del humor. El interés que me llevó a redactar esta entrada recayó sobre dos artículos concretos bien relacionados. La crónica de dos relatos que reflejan el estrecho vínculo entre la historia y el deporte, entre las emociones y la competición. Mucho más cercanas a la Europa actual que el llamado “Partido de la Muerte” entre varios futbolistas del Dinamo Kiev reclutados como prisioneros de guerra -entre otros deportistas- y un grupo de soldados de la Wermacht en plena Segunda Guerra Mundial o aquel que relató Kapuscinski en “La Guerra del Fútbol” que sirvió de catalizador para el conflicto que enfrentó a Honduras y El Salvador allá por 1969.
Instantánea del Start, el equipo de prisioneros de guerra que derrotó a los nazis en un campo de fútbol.
En este caso el objetivo se centra en la extinta Yugoslavia. Un conflicto bélico que se prolongó en distintas fases durante toda la década de los noventa ante la conmoción e incredulidad del civilizado viejo continente. Yugoslavia se constituye como Estado tras la victoria de los partisanos en la Segunda Guerra Mundial. Al frente de la misma se sitúa el Mariscal Josip Broz, “Tito”, que decide unificar a todos los pueblos eslavos del sur en torno a una gran federación socialista. No sin dificultades consigue mantener una relativa estabilidad durante varias décadas, llegando incluso a lograr un destacable crecimiento económico hasta los años 60. Un desarrollo impulsado gracias a la acrobática labor del Mariscal, funambulista entre los dos mundos de entonces.
Pero nada es eterno y el adhesivo comienza a diluirse tras la muerte del líder yugoslavo en 1980. En aquellos años se solía decir que “Yugoslavia tenía siete fronteras, seis repúblicas, cinco nacionalidades, cuatro idiomas, tres religiones, dos alfabetos y un líder”. El poder de contención que ejerció Tito durante más de 30 años había desaparecido fulminantemente. El desmoronamiento de aquel cóctel multicultural sería cuestión de tiempo. Lo que no esperaba Europa es que alcanzara tales grados de destrucción y atrocidad.
Tras la estrepitosa escalada de violencia y rencores de la década de los ochenta, se presentó una nueva década con un escenario de lo más incierto. La caída del muro de Berlín y la paulatina democratización de los satélites soviéticos presagiaban el definitivo cambio que la decrépita Yugoslavia socialista necesitaba. Pero no sería fácil. 
El hervidero social de las calles se trasladó irremediablemente a los feudos deportivos, donde ese radicalismo que desgraciamente se había apoderado de las gradas europeas en años anteriores, tuvo en aquel país una significación más profunda, más extrema. La filiación a un equipo, a unos colores quedó vinculada a sentimientos atávicos, aquellos que encendieron el conflicto más cruento vivido en Europa desde 1945.
Las dos historias a las que hice referencia quedaron fijadas en dos imágenes que han pasado a la historia como el símbolo de una infamia. La desgracia de un país que cayó en un destino irremediable. La abyección de un deporte que se tiñe de odio y termina en la trinchera.
La infame patada de Zvonimir Boban a un polícia serbio [1] convertida en un símbolo para Croacia.

Otrora ídolo yugoslavo, tras el "incidente de la bandera" Vlade Divac recibió el desprecio de millones de croatas.

Dos imágenes. Y dos artículos muy recomendables. Asumo que si han llegado hasta aquí ambos textos colmarán su curiosidad. Disfrútenlos.
> Petrovic y Divac, once brothers.


[1] Polícia que finalmente resultó ser un bosnio musulmán que perdonó publicamente al jugador. Ironías de la vida, se entiende.


martes, 10 de julio de 2012

Asentando conceptos.


Llevo algo más de 11 años deambulando por el mundo virtual. He participado y colaborado en webs, comunidades y foros. He contribuido con la elaboración de espacios radiofónicos difundidos por la red. En su momento incluso me atreví a levantar un par de webs personales para dar rienda suelta a mis dos grandes pasiones: la música y el cine. Pequeños rincones confeccionados casi de forma artesanal con las aún limitadas herramientas de principios de la década pasada. Todas aquellas experiencias terminaron diluyéndose por falta de tiempo, disciplina y motivación a partes iguales.
 
Ahora me encuentro en el ocaso de la veintena consumiendo los últimos cartuchos de una carrera que me propone un horizonte profesional incierto. Un oficio en estado catatónico. Muy lejos quedan los sueños y aspiraciones de aquel estudiante de secundaria fascinado por un porvenir idílico como juntaletras. Curioso, ávido de saberes e ideas, aunque descreído con los efectos reales de la comunicación.

Por primera vez me dispongo a construir una bitácora personal, única e intransferible. Claudico ante las presiones de la idiocracia digital con la misma resignación que me llevó a caer en las garras de Zuckerberg y sus adláteres. Al menos la blogosfera parece estar soportando con solvencia el esplendor de eso que a mi juicio es la burbuja de las redes sociales.

¿Por qué realidades insertadas? Buscando una cabecera pretenciosa con ínfulas posmodernas recordé lo mucho que han condicionado mi cosmovisión las teorías de Jean Baudrillard sobre la hiperrealidad, las pinceladas proféticas de Marshall McLuhan o el concurrente solipsismo de la ciencia-ficción (el genio maligno de Descartes y las discutibles teorías del cerebro en una cubeta). Puede que mi escepticismo respecto al totalitarismo digital tenga algo que ver, pero últimamente tengo la sensación de que la realidad nunca había estado más lejos de aquí.

No voy a aventurarme en advertir los hipotéticos contenidos de este espacio. Son una incógnita incluso para mí. Puede que algún día el altisonante párrafo anterior tenga un desarrollo más pormenorizado. Pero esto no es un blog de filosofía. Si algo abunda en este país son pontificadores de todo saber conocido. La desmaterialización de la realidad que nos anticipaba Baudrillard trasladada al campo del conocimiento.

Resuena una risotada de Borges en la lejanía.

Pues no, era John Cage...