lunes, 22 de abril de 2013

Españoles en el infierno


El incorregible Pérez-Reverte de nuevo atinando con sus incisiones en el inconsciente colectivo del españolito -con permiso del doctor Jung-:

"Mi abuelo paterno, que era uno de esos republicanos de antes, cultos, viajados y con biblioteca, escéptico como todo hombre sabio, solía repetir una frase que yo, de pequeño, no alcanzaba a penetrar del todo: «Los españoles sólo servimos para salir en los cuadros de Goya». No fue sino más tarde, cuando leí libros, viajé y me familiaricé con cuadros como los del 2 de Mayo en Madrid o el Duelo a garrotazos, cuando comprendí a qué se refería mi abuelo, y por qué, entre todos los pintores españoles, utilizaba a Goya como clave lúcida. Como amarga referencia.


Hace unas semanas hice un experimento. Se cumplían 70 años de la batalla de Krasny Bor, cerca de Leningrado, donde 5.000 españoles de la División Azul encajaron el ataque de dos divisiones soviéticas integradas por 44.000 hombres y 100 carros de combate: una compañía aniquilada, varias diezmadas, oficiales pidiendo fuego artillero sobre su propia posición por estar inundados de rusos. Abandonados a su suerte, durante todo el día pelearon como fieras, a la desesperada. Casi la mitad murieron o desaparecieron, pero frenaron a los rusos, les hicieron 10.000 bajas y obtuvieron de Hitler este comentario: «Extraordinariamente duros para las privaciones y ferozmente indisciplinados». Y, bueno. Tales son los hechos y así los conté en la red social Twitter, donde recalo algunos domingos, añadiendo que entre los divisionarios no todos eran voluntarios falangistas, pues también había ex combatientes republicanos y gente que se alistó por hambre o para ayudar a algún familiar encarcelado o en desgracia. Añadí que la causa que defendían era infame, pero eso no alteraba el hecho básico: eran compatriotas, estaban en el infierno y pelearon con bravura admirable. «Quienes nos gobiernan deberían prestar atención a esas cosas -escribí-. La Historia ha probado mil veces que no hay nada más peligroso que un español acorralado».Lo interesante vino luego: tres mil opiniones de tuiteros. Yo había mencionado un hecho histórico, destacando un coraje y una tenacidad independientes de tiempos o ideologías. Algo que ocurrió y que está -debería estar- en los libros de Historia por las mismas razones que la toma de Tenochtilán, el saco de Roma o la liberación de París por los republicanos españoles de la Nueve. Y sin embargo, no pueden imaginar la que se lió en Twitter: los insultos y descalificaciones entre quienes discutían. Algunos me incluyeron, claro. Eso fue lo más revelador: ultraderechistas acusándome de rojo por haber calificado de infame la causa que la División Azul defendía en Rusia, y ultraizquierdistas acusándome de facha por hablar de la División Azul en vez de sepultarla en el negro olvido. Y entre unos y otros, docenas de tuiteros tirándose los trastos a la cabeza con argumentos ideológicos, orillando el hecho principal: el episodio histórico, su épica objetiva y su interesante consideración. 

La Historia, en fin, que no es buena ni mala, sino llave para comprender el pasado y el presente. Y a veces, para prever el futuro.Así que una vez más recordé las palabras de mi abuelo. Pensé en Goya. En ese cable suelto que los españoles llevamos sumergido en bilis en algún lugar del corazón. En ese rencor cainita, desaforado, siempre dispuesto a simplificar el mundo en un estúpido nosotros y ellos. En esa necesidad nuestra, no de vencer y convencer, sino de vencer y exterminar al vencido. Borrar hasta su huella. Fusilar al que levanta las manos, en vez de ofrecerle un pitillo y mirarlo a los ojos. Prueben a elogiar en público el valor de moros y cristianos en Las Navas, o el de republicanos y nacionales en El Ebro. Saltarán voces criticando la igualdad de trato, la falta de etiqueta diferencial, la ecuanimidad ante el valor y el sacrificio, como si éstos tuvieran que depender de ideologías para ser admirables. Nadie puede ser admirable si no pertenece a mi bando, es la lectura final. Esto repugna y entristece, porque no es de ahora. Pese a lo que afirman los tontos, no lo inventó Franco, ni la República: viajemos a la Dictadura, a las guerras carlistas, a Fernando VII, a la Inquisición. En pocos lugares de Europa hubo tanta saña y tanta vileza. Mientras en otros países -también en eso envidio a Inglaterra- la inteligencia o el valor del adversario son a menudo motivo de admiración y respeto, en España no hacen sino aumentar la envidia; la ira de quien, una vez dueño de la trinchera, remata la faena con toda clase de vejaciones introductorias al tiro en la nuca. Tiro que, por otra parte, aplica con más entusiasmo quien nunca corrió riesgos antes. Quien más lejos anduvo, durante el combate, del verdadero campo de batalla."



miércoles, 17 de abril de 2013

De símbolos adulterados.


“Blanco como los Alpes, rojo como los volcanes y verde como las llanuras de la Lombardía”.

Con esas palabras quiso el poeta Francesco Dall’Ongaro dotar a la bandera italiana de una identidad que los libros de historia no aciertan a situar. Los tres colores se exhiben por primera vez en uno de los satélites que Napoleón había ubicado en la península transalpina. Algunos atribuyen su invención, sin constancia documental todo hay que decirlo, a una sociedad secreta que ejercía cierta influencia en la política de la región. Un lobby en los tiempos de la guillotina. Durante siglo y medio se sucedieron pugnas de poder, revoluciones, conflictos armadas e incluso una dictadura fascista patrocinada por un Rey que apuntaló a su dinastía y condenó a su pueblo a la peor guerra de la historia. A su final un referéndum ratificó el imperdonable coqueteo del monarca e implantó una república que malvive ante un desfile de incompetentes. La bandera pervivió. El escudo del Saboya abjurado desapareció. Perduran los colores.

Tal vez no sea justa la analogía con nuestro país. Los paralelismos históricos entre ambos estados no van más allá de los que cabrían con otros vecinos europeos. Pero no puedo evitar mirar al exterior cada vez que veo con asombro imágenes de la enésima conmemoración del catorce de abril. Ochenta y dos años largos. Y no, no me irrita que un español reivindique un cambio de forma de Estado, utopía que uno mismo comparte. Lo que me entristece y encrespa es la instrumentalización torticera y ridícula de los símbolos. Y es que por muy pasados de moda que estén, el Hombre sigue persiguiendo esas señas de identidad. Esos paraguas de ideas y fundamentos más o menos etéreos que nos orientan en sociedad.

Manifestación por la III República del 14 de abril de 2010 (FUENTE: PCPE Madrid)

¿No entienden que instantáneas como esta no hacen sino perjudicar el espíritu de una reclamación totalmente legítima? El peor momento de los Borbones en ocho décadas y el único republicanismo visible en España tropezando con las mismas piedras. Me pregunto qué saben quiénes enarbolan la tricolor con la estrella roja o de forma más obvia emblemas tan “universales” como la hoz y el martillo del espíritu republicano que inspiró a la España de 1931. Qué saben de Azaña. De Ortega. De Fernando de los Ríos. De Unamuno. Y qué dirían éstos si se las vieran en semejante tesitura. Con toda probabilidad se quedarían atónitos y saldrían despavoridos. Porque por esos lodazales dogmáticos, por esa politización de un espíritu colectivo se despeñó la España que más prometía con las consecuencias que todos conocemos y aún sufrimos.

Por todo ello y por mucho más soy incapaz de sentir identificación alguna con esa bandera. Y no por que constituya un error de dimensiones históricas –que lo hace- sino porque pertenece al pasado. Un pasado fugaz con más oscuros que claros que parece condenado a ser utilizado sistemáticamente por el oportunismo más vomitivo. La bandera tricolor es el digno distintivo de una mitad de España que tuvo que inclinar la cabeza frente a la otra mitad durante casi medio siglo. Y más aún, el tributo a una generación de españoles a quienes se les arrebató la patria con una injusticia atroz. Pero poca utilidad real tiene en pleno siglo XXI cuando lleva décadas adulterada por muchos que despreciarían esa República que sería la única posible en España. Una República de y para todos los españoles. Exactamente lo contrario a lo que anhelaban quienes desde uno y otro lado se encargaron de aniquilar la del 31.