"El simulacro no es lo que oculta la verdad. Es la verdad la que oculta que no hay verdad. El simulacro es verdadero."
viernes, 4 de julio de 2014
El siniestro harén de Gadafi por Sergio Perea
Al principio fue ingenua fascinación. La que sintió una
estudiante de apenas quince años al tener frente a ella al Guía Supremo.
Titubeante y temblorosa le entregó un ramo de flores. Él tomó
suavemente su mano y la besó. Era Muamar Gadafi, el hombre que 35 años
antes había abrazado el poder en Libia con una mezcolanza de socialismo,
nacionalismo árabe y el paternalismo más indulgente. Aquella mañana de
2004, visitaba una escuela de Sirte, el enclave situado en el litoral
mediterráneo que vio nacer al Coronel.
Aún estaba exultante. Recibir el gesto cariñoso del líder
era un privilegio restringido a unos pocos. Nada presagiaba el inicio de
la pesadilla más siniestra. Al día siguiente, un coche oficial paró
frente a la peluquería en la que la muchacha solía pasar horas ayudando a
su madre. Entraron tres mujeres, una de ellas con uniforme militar, y
le comunicaron a la progenitora que su hija había sido congraciada por
mostrarse tan gentil en la recepción escolar. Debía acompañarles para
entregar otro obsequio al Coronel. De nada sirvió la airada negativa de
la madre: la chica fue conducida al vehículo, que rápidamente partió
hacia un campamento ubicado en el desierto.
Muamar Gadafi junto a una joven. En primer plano su segunda esposa, Safia Farkash.
Allí estaba él, acostado en un sillón rojo frente a una
enorme televisión de plasma. La miró de arriba abajo y espetó a una de
las mujeres: "¡Preparadla!". Aterrorizada, fue acicalada en un cuarto
contiguo. Tomaron sus medidas y le extrajeron una muestra de sangre. De
nuevo frente a él, que ahora yacía totalmente desnudo sobre una enorme
cama. De la inquietud inicial, la joven pasó al terror más sórdido.
Trató de escapar. Forcejeó en vano con las asistentes del Coronel. Entre
ellas estaba Mabrouka Sherif, erigida como ‘madame’ de su corte
personal, recordada como la más cruel de las carceleras. Irritado por la
resistencia de su nueva inquilina, Muammar gritó: “¡Miren a esta zorra!
¡Educadla y traédmela de nuevo!” Al día siguiente, logró satisfacer el
anhelo que albergaba desde la mañana en que la vio por vez primera.
Derechos de la mujer
“Nunca olvidaré el primer día. Mancilló mi cuerpo, pero
también atravesó mi alma con un puñal. Aún siento el filo dentro de mí”.
Es el espantoso testimonio de Soraya, nombre ficticio elegido, no por
casualidad, por ella misma. Sus palabras emergen con amargura
exactamente dos años después de la caída y muerte del coronel Gadafi. Un
relato que la periodista francesa Annick Cojean ha decidido recoger en
‘El harén de Gadafi’, un trabajo que busca reparar la memoria de
aquellas mujeres que sufrieron con horror las extravagancias domésticas
del caudillo libio.
En sus páginas se encuentra, junto al de Soraya, el
testimonio de otras mujeres que tuvieron la desgracia de entusiasmar al
Coronel. Algunas raptadas incluso en su propia boda, en presencia de
unos familiares que, desde ese instante, renegaron de ellas. El drama
adquiere proporciones monstruosas cuando, tras sufrir innumerables
vejaciones, las ‘guerreras’ de Gadafi comprueban que son una deshonra
para su clan y en consecuencia, no merecen ni la vida.
Miembros de la guardia personal del coronel.
La coexistencia de un poder tiránico e ilimitado y una
conducta sexual que raya lo patológico no es exclusiva del llamado
‘Hermano Líder’ de la revolución libia. Mucho se ha escrito sobre las
perversas alcobas de Mussolini o Mao Tsé Tung, pero las estridencias de
Gadafi se llevan la palma. Los relatos obtenidos por Cojean describen
bacanales eternas de whisky, cocaína y Viagra, pero también retratan a
un maníaco sexual que disfruta con las parafilias más humillantes. Basta
con explicar que las milicianas privadas del Coronel terminaban cada
jornada con el cuerpo amoratado y cubierto de llagas.
El apelativo castrense de las esclavas sexuales del
dictador libio no es casual. Gadafi se jactaba ya en el tiempo en que
era admirado por el mundo árabe y buena parte de la izquierda occidental
de ser un firme defensor de los derechos de las mujeres. Afirmaba con
suficiencia que bajo su mandato las féminas se habían liberado del yugo
masculino. Y como muestra se hizo rodear de una suerte de escuadrón
privado integrada por algunas de las mujeres que servían en la intimidad
a sus más oscuras pasiones. Conocido popularmente como la Guardia
Amazónica de Gadafi, dejaba perplejas a las personalidades que se
reunían con el líder libio. Y no fueron pocas, pues en sus últimos años y
en un notable ejercicio de funambulismo político estrechó lazos con la
flor y nata de las antaño denostadas superpotencias occidentales.
Soraya, que no alcanza siquiera la treintena, vive hoy con
un estigma que permanecerá junto a ella hasta el final de sus días. Sabe
que aquella desgarradora experiencia le ha condenado para siempre. Pero
confía en que la publicación ‘El harén de Gadafi’ haga justicia con
aquellas mujeres condenadas a morir en vida por la demencia de un
régimen despótico y delirante.
(publicado en ABC y en los regionales de Vocento el 25 de octubre de 2013)
El incorregible Pérez-Reverte de nuevo atinando con sus incisiones en el inconsciente colectivo del españolito -con permiso del doctor Jung-:
"Mi abuelo paterno, que era uno de esos republicanos de antes, cultos, viajados y con biblioteca, escéptico como todo hombre sabio, solía repetir una frase que yo, de pequeño, no alcanzaba a penetrar del todo: «Los españoles sólo servimos para salir en los cuadros de Goya». No fue sino más tarde, cuando leí libros, viajé y me familiaricé con cuadros como los del 2 de Mayo en Madrid o el Duelo a garrotazos, cuando comprendí a qué se refería mi abuelo, y por qué, entre todos los pintores españoles, utilizaba a Goya como clave lúcida. Como amarga referencia.
Hace unas semanas hice un experimento. Se cumplían 70 años de la batalla de Krasny Bor, cerca de Leningrado, donde 5.000 españoles de la División Azul encajaron el ataque de dos divisiones soviéticas integradas por 44.000 hombres y 100 carros de combate: una compañía aniquilada, varias diezmadas, oficiales pidiendo fuego artillero sobre su propia posición por estar inundados de rusos. Abandonados a su suerte, durante todo el día pelearon como fieras, a la desesperada. Casi la mitad murieron o desaparecieron, pero frenaron a los rusos, les hicieron 10.000 bajas y obtuvieron de Hitler este comentario: «Extraordinariamente duros para las privaciones y ferozmente indisciplinados». Y, bueno. Tales son los hechos y así los conté en la red social Twitter, donde recalo algunos domingos, añadiendo que entre los divisionarios no todos eran voluntarios falangistas, pues también había ex combatientes republicanos y gente que se alistó por hambre o para ayudar a algún familiar encarcelado o en desgracia. Añadí que la causa que defendían era infame, pero eso no alteraba el hecho básico: eran compatriotas, estaban en el infierno y pelearon con bravura admirable. «Quienes nos gobiernan deberían prestar atención a esas cosas -escribí-. La Historia ha probado mil veces que no hay nada más peligroso que un español acorralado».Lo interesante vino luego: tres mil opiniones de tuiteros. Yo había mencionado un hecho histórico, destacando un coraje y una tenacidad independientes de tiempos o ideologías. Algo que ocurrió y que está -debería estar- en los libros de Historia por las mismas razones que la toma de Tenochtilán, el saco de Roma o la liberación de París por los republicanos españoles de la Nueve. Y sin embargo, no pueden imaginar la que se lió en Twitter: los insultos y descalificaciones entre quienes discutían. Algunos me incluyeron, claro. Eso fue lo más revelador: ultraderechistas acusándome de rojo por haber calificado de infame la causa que la División Azul defendía en Rusia, y ultraizquierdistas acusándome de facha por hablar de la División Azul en vez de sepultarla en el negro olvido. Y entre unos y otros, docenas de tuiteros tirándose los trastos a la cabeza con argumentos ideológicos, orillando el hecho principal: el episodio histórico, su épica objetiva y su interesante consideración.
La Historia, en fin, que no es buena ni mala, sino llave para comprender el pasado y el presente. Y a veces, para prever el futuro.Así que una vez más recordé las palabras de mi abuelo. Pensé en Goya. En ese cable suelto que los españoles llevamos sumergido en bilis en algún lugar del corazón. En ese rencor cainita, desaforado, siempre dispuesto a simplificar el mundo en un estúpido nosotros y ellos. En esa necesidad nuestra, no de vencer y convencer, sino de vencer y exterminar al vencido. Borrar hasta su huella. Fusilar al que levanta las manos, en vez de ofrecerle un pitillo y mirarlo a los ojos. Prueben a elogiar en público el valor de moros y cristianos en Las Navas, o el de republicanos y nacionales en El Ebro. Saltarán voces criticando la igualdad de trato, la falta de etiqueta diferencial, la ecuanimidad ante el valor y el sacrificio, como si éstos tuvieran que depender de ideologías para ser admirables. Nadie puede ser admirable si no pertenece a mi bando, es la lectura final. Esto repugna y entristece, porque no es de ahora. Pese a lo que afirman los tontos, no lo inventó Franco, ni la República: viajemos a la Dictadura, a las guerras carlistas, a Fernando VII, a la Inquisición. En pocos lugares de Europa hubo tanta saña y tanta vileza. Mientras en otros países -también en eso envidio a Inglaterra- la inteligencia o el valor del adversario son a menudo motivo de admiración y respeto, en España no hacen sino aumentar la envidia; la ira de quien, una vez dueño de la trinchera, remata la faena con toda clase de vejaciones introductorias al tiro en la nuca. Tiro que, por otra parte, aplica con más entusiasmo quien nunca corrió riesgos antes. Quien más lejos anduvo, durante el combate, del verdadero campo de batalla."
“Blanco como los Alpes, rojo como los volcanes y verde
como las llanuras de la
Lombardía”.
Con esas palabras quiso el poeta Francesco Dall’Ongaro dotar
a la bandera italiana de una identidad que los libros de historia no aciertan a
situar. Los tres colores se exhiben por primera vez en uno de los satélites que
Napoleón había ubicado en la península transalpina. Algunos atribuyen su
invención, sin constancia documental todo hay que decirlo, a una sociedad
secreta que ejercía cierta influencia en la política de la región. Un lobby en
los tiempos de la guillotina. Durante siglo y medio se sucedieron pugnas de
poder, revoluciones, conflictos armadas e incluso una dictadura fascista
patrocinada por un Rey que apuntaló a su dinastía y condenó a su pueblo a la
peor guerra de la historia. A su final un referéndum ratificó el imperdonable
coqueteo del monarca e implantó una república que malvive ante un desfile de
incompetentes. La bandera pervivió. El escudo del Saboya abjurado desapareció.
Perduran los colores.
Tal vez no sea justa la analogía con nuestro país. Los
paralelismos históricos entre ambos estados no van más allá de los que cabrían
con otros vecinos europeos. Pero no puedo evitar mirar al exterior cada vez que
veo con asombro imágenes de la enésima conmemoración del catorce de abril.
Ochenta y dos años largos. Y no, no me irrita que un español reivindique un
cambio de forma de Estado, utopía que uno mismo comparte. Lo que me entristece
y encrespa es la instrumentalización torticera y ridícula de los símbolos. Y es
que por muy pasados de moda que estén, el Hombre sigue persiguiendo esas señas
de identidad. Esos paraguas de ideas y fundamentos más o menos etéreos que nos
orientan en sociedad.
Manifestación por la III República del 14 de abril de 2010 (FUENTE: PCPE Madrid)
¿No entienden que instantáneas como esta no hacen sino
perjudicar el espíritu de una reclamación totalmente legítima? El peor momento
de los Borbones en ocho décadas y el único republicanismo visible en España
tropezando con las mismas piedras. Me pregunto qué saben quiénes enarbolan la
tricolor con la estrella roja o de forma más obvia emblemas tan “universales”
como la hoz y el martillo del espíritu republicano que inspiró a la España de 1931. Qué saben
de Azaña. De Ortega. De Fernando de los Ríos. De Unamuno. Y qué dirían éstos si
se las vieran en semejante tesitura. Con toda probabilidad se quedarían
atónitos y saldrían despavoridos. Porque por esos lodazales dogmáticos, por esa
politización de un espíritu colectivo se despeñó la España que más prometía con
las consecuencias que todos conocemos y aún sufrimos.
Por todo ello y por mucho más soy incapaz de sentir
identificación alguna con esa bandera. Y no por que constituya un error de
dimensiones históricas –que lo hace- sino porque pertenece al pasado. Un pasado
fugaz con más oscuros que claros que parece condenado a ser utilizado sistemáticamente
por el oportunismo más vomitivo. La bandera tricolor es el digno distintivo de
una mitad de España que tuvo que inclinar la cabeza frente a la otra mitad durante
casi medio siglo. Y más aún, el tributo a una generación de españoles a quienes
se les arrebató la patria con una injusticia atroz. Pero poca utilidad real
tiene en pleno siglo XXI cuando lleva décadas adulterada por muchos que
despreciarían esa República que sería la única posible en España. Una República
de y para todos los españoles. Exactamente lo contrario a lo que anhelaban
quienes desde uno y otro lado se encargaron de aniquilar la del 31.
No es mal momento para retomar la manida cuestión de la
propaganda social y política. Asistimos en las últimas semanas al despliegue de
la que es en mi opinión la más brillante campaña de ingeniería social y
política desarrollada en España en las últimas décadas. Hablo de la cuestión de
Cataluña, y por ende de España así como de la rutilante clase política que rige los destinos de ambos
territorios.
Habremos de trasladarnos mucho tiempo atrás –antes de la
consolidación de las democracias liberales, del estado de bienestar y del
complejo aparato que sostiene ambas quimeras- para reconocer la trascendencia
de una figura cuya lucidez, no exenta de polémica, sirvió de inspiración para
el estudio de la psicología social y la opinión pública tal y como son
entendidas en la actualidad.
Me estoy refiendo a Gustave
LeBon (1841-1931), sociólogo y físico francés que realizó hace ya más de un
siglo importantes contribuciones al pensamiento de décadas posteriores con sus
reflexiones y argumentos en torno a la masa. Si bien sus textos están salpicados
de matices ideológicos hoy ya superados, éstos no invalidan su percepción del
hombre-masa como un ente gris, simple y emocional. He aquí varios extractos
bastante ilustrativos de su “Psicología
de las Masas” (1885):
“Una masa perpetuamente balanceándose al borde de la inconsciencia,
pronta a ceder a todas las sugestiones, poseyendo toda la violencia de
sentimiento propia de los seres que no pueden apelar a la influencia de la
razón, desprovista de toda facultad crítica, no puede ser más que excesivamente
crédula. Lo improbable no existe para una masa y es necesario tener esta
circunstancia bien presente para comprender la facilidad con la cual las
leyendas y las historias más improbables resultan creadas y propagadas. (…)
Una masa piensa por medio de imágenes y la imagen misma inmediatamente
llama a otras imágenes que no tienen ninguna conexión lógica con la primera.
Podemos fácilmente concebir este estado pensando en la fantástica sucesión de ideas
que se nos ocurren a veces cuando traemos a la mente cualquier hecho. Nuestra razón nos muestra la incoherencia
que hay entre esas imágenes pero una masa es casi ciega para esta verdad y
confunde el hecho real con la distorsión que su imaginación le ha sobreimpreso.
Una masa apenas si percibe la diferencia entre lo subjetivo y lo objetivo.
Acepta como reales las imágenes evocadas en su mente aunque con gran frecuencia
tengan una relación muy distante con el hecho observado. (…)
Para combatir lo que precede, la calidad mental de los individuos que
componen la masa no debe ser esgrimida. Esta calidad no tiene importancia. Desde el momento en que forma parte de una
masa, la persona instruida y el ignorante son igualmente incapaces de observar.”
“Tanto si los sentimientos exhibidos por una masa son buenos o malos,
en todos los casos presentan el doble carácter de ser muy simples y muy
exagerados. En este aspecto, como en tantos otros, un individuo en una masa se
parece a los seres primitivos. Incapaz de distinciones sutiles, percibe las
cosas como un todo y se vuelve ciego ante las gradaciones intermedias. La exageración de los sentimientos de una
masa aumenta por el hecho de que cualquier sensación, una vez exhibida, se
comunica muy rápidamente por un proceso de sugestión y contagio, aumentando
considerablemente su fuerza por la evidente aprobación de la cual es objeto.
La simpleza y la exageración de los sentimientos de las masas tienen
por resultado que una multitud no conoce ni duda ni incertidumbre (…). Una sospecha, ni bien es anunciada, se
transforma en evidencia incontrovertible. El inicio de una antipatía o
desaprobación, que en el caso del individuo aislado no ganaría fuerza, se
convierte en odio furioso cuando se trata del individuo dentro de la masa.”
“Las características del
razonamiento de las masas son, por un lado, la asociación de cosas disímiles
que poseen una conexión meramente aparente entre sí, y por el otro, la
inmediata generalización de casos particulares. Son argumentos de este tipo los
que ofrecen a las masas quienes saben cómo manejarlas. Son los únicos
argumentos por medio de los cuales las masas pueden ser influenciadas. Una
cadena de argumentos lógicos es totalmente incomprensible para las masas y es
por eso que está permitido decir que no razonan, o que razonan falsamente y no
pueden ser influenciadas por medio de razonamientos. Al leer ciertos discursos,
a veces uno se asombra de su debilidad siendo que, a pesar de ello, los mismos
han tenido una enorme influencia sobre las masas que los han escuchado. Lo que
se olvida es que su intención fue la de persuadir colectividades y no la de ser
leídos por filósofos. Un orador, en íntimo contacto con la muchedumbre, puede
evocar imágenes que la seducirán. Si tiene éxito, su objetivo estará logrado y
veinte volúmenes de disertaciones – siempre el resultado de la reflexión – no
valen lo que unas pocas frases que apelan a los cerebros que había que
convencer.
Sería superfluo agregar que la impotencia de las masas para razonar
correctamente les impide manifestar rastro alguno de espíritu crítico, esto es,
les impide ser capaces de discernir la verdad del error o formarse un juicio
preciso en cualquier materia. Los juicios aceptados por las masas son meramente
juicios impuestos sobre ellas y jamás juicios adoptados después de una
discusión. En esta materia, los individuos que no sobrepasan el nivel de una
masa son numerosos. La facilidad con la que ciertas opiniones obtienen una
aceptación general resulta más especialmente de la imposibilidad experimentada
por la mayoría de las personas de formarse una opinión íntima y singular basada
sobre un razonamiento propio.”
Leyendo a LeBon es fácil quedarse en lo obvio y subestimar
sus aportaciones por el excesivo peso que tienen en ellas los ideales
conservadores que postulaba. Pero siendo más analíticos resulta incluso
alarmante hasta qué punto siguen en plena vigencia algunas de sus reflexiones.
Si bien las teorías del comportamiento colectivo han transcurrido por sendas
alejadas de lo trazado por LeBon, algunas de sus consideraciones han sido
puestas de manifiesto de forma inquietante en los últimos tiempos.
Sirvan como ejemplos el potencial autoritario latente entre
ciertos grandes colectivos o los fenómenos de desindividualización y anonimato
en estos contextos. En otras palabras, cómo ciertas circunstancias sociales pueden
llegar a neutralizar el control personal del individuo y su inteligencia
crítica. Fenómenos harto paradójicos en una sociedad que tiende hacia el
extremo individualismo con la disolución y el envilecimiento de elementos comunes como la moral o la raigambre cultural. Quebrantar lo que nos une y arraiga
para hacernos más dóciles.
“Psicología de las Masas” de Gustave LeBon está editado en España por
Ediciones Morata, con traducción de Alfredo Guera Miralles. Su última edición fue
publicada en 2005.
Han pasado tres meses desde la última vez que me dejé ver
por aquí. Queda claro que la constancia y la motivación para con estos
artilugios virtuales no son mi fuerte. Bien podría haber revitalizado el blog
con algún “corta y pega”, una referencia rápida o un vídeo de youtube, pero para
eso ya están el 90% de los periodistas
y cronistas digitales.
Hoy no he podido resistirme. El tema que me ha hecho retomar
el blog no es nuevo, ya ha sido abordado y aclarado en decenas de blogs y webs diversas.
Aun así algo me impulsa a poner mi granito de arena para paliar la creciente
toxicidad que impregna a la información y la documentación en Internet. Quizá haya
sido que todo un profesor de la licenciatura de Periodismo –portador de una
cátedra desde hace bastante años- cuya identidad omitiré (al menos hasta el
próximo mes de febrero…) haya caído en una peligrosa imprecisión como ya lo
hicieron millones de incautos y confiados internautas en los últimos dos años.
Se trata de este artículo atribuido erróneamente al
reconocido lingüista y politólogo Noam Chomsky (enlazo a una de sus primeras apariciones, corregida ya con la firma correspondiente). Si bien es cierto que la
equívoca autoría no invalida necesariamente el contenido del texto, sí
pierde una considerable legitimidad teniendo en cuenta la idea defendida por el
mismo. ¿Cómo prevenir de la manipulación mediática haciendo uso precisamente
de las armas que se denuncian? En efecto y como otros sitios llevan advirtiendo
desde que comenzó su difusión masiva el texto es obra de un tal Sylvain Timsit
como síntesis de un misterioso panfleto titulado “Armas silenciosas paraguerras tranquilas” (que he llegado a ver atribuido al propio Chomsky en más de
una ocasión). Tal y como el propio Timsit asegura en su página se trataría de
un documento que salió a la luz tras aparecer accidentalmente en una
fotocopiadora (¿?) adquirida en una subasta de excedentes del ejército
norteamericano. ¿Y de dónde procedía semejante reliquia? Del mismísimo Club Bilderberg, por qué no. De hecho basta con unos minutos revoloteando por los
dominios del investigador francés para
no extrañarnos de que haya tenido el privilegio de acceder a un documento
oficial de tan extrema sensibilidad.
Noam Chomsky goza de gran prestigio entre amplios sectores
de la izquierda más o menos radical, incluso en los círculos más ácratas. Sin embargo esta
circunstancia evidencia que muchos de sus admiradores no conocen demasiado bien
su obra. El decálogo de Timsit es de una superficialidad e ingenuidad pasmosa,
impropia del intelectual norteamericano. Podemos discrepar de sus diagnósticos,
en ocasiones demasiado ideologizados, de su fijación por algunas teorías ya
superadas, pero si algo caracteriza a Chomsky es la profusión de datos, su gran
capacidad de análisis y una nula querencia por reducciones y simplismos. Basta
con leer “Los guardianes de la libertad” , una de sus obras más conocidas y la
más próxima al texto en cuestión. Me pregunto cuántos de quienes han
contribuído –y lo siguen haciendo- a la divulgación de un panfleto de tintes
conspiranoicos conocen realmente la obra y el pensamiento de Chomsky.
Puede que el fondo de alguno de los puntos del decálogo
tenga cierta validez y legitimidad en el degradado sistema informativo actual.
No obstante en mi opinión tanto su estilo como el modo en que se ha difundido
sólo contribuye precisamente a alimentar aquello que pretende denunciar. La
explosión de las redes sociales ha generalizado un peligroso fenómeno de transmisión
de ideas y manipulación informativa bajo un disfraz de motivaciones nobles y filantrópicas.
Y no deja de ser curioso que buena parte de estos memes bienintencionados cuestionen sistemáticamente la legitimidad
de los medios de comunicación y por extensión de toda la profesión periodística,
ya irremediablemente empotrada a las diabólicas élites financieras. Los mismos
argumentos reduccionistas que impregnan buena parte de los movimientos de rebelión
social que desde la Red manifiestan su repulsa al actual estado de las cosas. Estas
iniciativas –tan loables en su fondo cómo el texto de Sylvain- carecen a la
hora de la verdad de una praxis política realista y una homogeneidad que le dote
de la identidad y la fuerza necesarias para plantear una alternativa factible y
sólida al sistema político-social imperante.
La simplificación de ideas y la generalización de conceptos
(periodismo = lacayismo, política = corrupción) que textos como el
archiconocido decálogo de errónea y perversa atribución sólo contribuye a esa
fácil y mediocre demagogia que facilita la difusión vírica de un contenido,
pero de forma paralela también conduce a la reivindicación conformista y la
proclama vacía. La engañosa e histriónica rebeldía como estrategia adaptativa
moderna. La eterna utopía que nunca llegará. Y sin apenas percatarnos perdemos
por litros capacidad crítica, asumimos como irreparable la pervertida imagen del periodismo,
confundimos la idea de democracia -Padioleau ya hablaba de pseudodemocracia- y finalmente quedamos instalados en esa
realidad paralela [virtual] que neutraliza toda capacidad de intervención en el auténtico
sistema.
Corea del Norte emerge a la actualidad de los medios
occidentales cada cierto tiempo. En esta ocasión los motivos han sido tan
enigmáticos como nos tienen acostumbrados. No en vano se trata del estado más
hermético del planeta. Una suerte de dinastía estalinista que cuenta para temor
de sus cuantiosos enemigos con el cuarto ejército más poderoso del mundo. Algo
más de un millón de efectivos –el 20% de la población masculina entre 17 y 54
años- y un cuerpo de reserva de ¡8 millones de hombres! Un poderío militar desproporcionado y
surrealista para un país que lleva más de una década instalado en una hambruna
permanente y –se sospecha- con un aparato de represión digno de los estadistas más avezados.
Como el lector -al que presumo informado- ya conocerá, las
informaciones que han devuelto a la remota tiranía norcoreana a la actualidad son
los últimos pasos del recién nombrado Líder Supremo Kim Jong-un, el misterioso
vástago de Kim Jong-il que le sucedió tras el fallecimiento de éste el diciembre pasado. Por
un lado las cada vez más frecuentes apariciones públicas del vivaracho caudillo
junto a una jovencita que podría ser su pareja o incluso su esposa. Por otro, más
preocupante fue el anuncio de la destitución de la mano derecha de Kim Jong-un, el
que fuera jefe del Ejército Popular de Corea Ri Yong-ho, según parece a causa
de una enfermedad. Hoy mismo Pyongyang ha divulgado que su sustituto sería nada menos que el propio Kim-Jong-un. No sean perspicaces, se trata de una crisis de gobierno de lo más
común.
Porque él también tiene su corazoncito.
Ri Yong-ho junto al Líder antes de coger frío...
Este país siempre atrajo mi atención. Estoy convencido de
que todo amante de la ciencia-ficción distópica siente una intensa atracción
hacia los enredos y tejemanejes de tan colorida nación. Hace algo más de un año
–antes de la desaparición del Amado Líder- redacté un reportaje en el que traté
de desgranar las claves de esta peculiar dictadura. Al final de tan extenso artículo incluyo dos documentales muy recomendables para conocer de forma más visual el escenario que se vive en la lejana república en tiempos recientes.
Corea del
Norte: solos en el paraíso.
• Las tensiones
recientes entre ambas Coreas constituyen el último episodio de un conflicto
pendiente de resolución desde hace medio siglo.
• Los observadores
internacionales atribuyen la escalada militar al proceso interno de sucesión
que vive la república comunista ante la supuesta enfermedad de su líder Kim
Jong-il.
El pasado 23 de noviembre el Ejército Popular de Corea del
Norte utilizó su artillería para disparar varios obuses contra la isla
surcoreana de Yeonpyeong, situada cerca de la frontera marítima entre ambas
repúblicas. El ataque tuvo como consecuencia la muerte de cuatro personas, dos
de ellas civiles. A pesar de que el régimen de Kim Jong-il se justificó con
unas supuestas maniobras militares realizadas por el vecino del sur sin
autorización, el ejército surcoreano respondió la afrenta con el bombardeo de
varias bases norcoreanas. Durante algunos días estos incidentes provocaron una
escalada de tensión en la región que provocó la condena casi unánime de la
comunidad internacional.
Los enfrentamientos en la isla de Yeonpyeong, a pesar de la
temible novedad que suponía la muerte de dos civiles, no fueron sino el último
episodio de una particular relación de fuerzas que se prolonga a lo largo de
varias generaciones. Retazos de una nación privada de su integridad territorial
desde hace más de un siglo. Un estado sumido en la miseria que se cimenta sobre
una esquizofrénica ideología. Varios millones de coreanos condenados a una
fractura histórica y emocional que parece eternizarse ante un desenlace que les
coloca al borde del precipicio. El incidente del pasado mes de noviembre fue el
último capítulo de un conflicto que se prolonga desde hace décadas, pero que
hunde sus raíces en el infortunio de una nación amenazada e indefensa ante
injerencias externas desde mucho tiempo atrás.
Una nación
en conflicto permanente.
La península de Corea vivió durante varios siglos bajo la
hegemonía de la dinastía Joseon, la familia aristocrática de origen chino que
reinó en Corea hasta comienzos del siglo XX. A pesar de que la influencia china
fue profunda durante este período –el Confucianismo fue adoptado como ideología
del Estado y de la sociedad- el legado Joseon sentó las bases de la cultura
coreana, muy palpable por ejemplo en la creación de la escritura Hangul.
En el siglo XIX las potencias occidentales competían con el
esplendoroso Imperio Japonés por el control de los puertos marítimos y el floreciente
mercado del Este asiático. Corea luchaba junto a sus vecinos chinos por
preservar su independencia ante la proliferación de tratados comerciales y
financieros en la región. A pesar del empeño coreano y del apoyo de una China
asediada por las presiones comerciales, el poderoso imperialismo japonés minó
la fortaleza del país y fue incrementando gradualmente su influencia en la
península mediante acuerdos con la dinastía Joseon. El vacío de poder y la
inestabilidad social desembocaron en 1910 en la materialización de la ocupación
japonesa de Corea, impulsada con el apoyo de EE. UU. tras la victoria nipona en
la Guerra Ruso-Japonesa.
El control japonés sobre el sistema social coreano fue
férreo. El renacer del sentimiento imperial japonés con la Restauración Meijí a
partir de 1868 evolucionó hacia un nacionalismo agresivo de corte militar que
desembocó en su alineamiento con el eje ítalo-alemán durante la II Guerra
Mundial. Uno de los rasgos más destacados de la nueva política imperial era el
impulso de la industria armamentística. La concentración de la economía
japonesa en este sector hacía imprescindible la expansión colonial para evitar
desequilibrios financieros que pusieran en duda la fortaleza del Gran Japón. En
consecuencia, Corea fue instrumentalizada como una vasta fuente de materias
primas agrarias sometida a los intereses nipones. Los campos coreanos fueron
asolados y sus trabajadores se convirtieron en meros esclavos al servicio del
emperador.
La identificación del nacionalismo japonés con los fascismos
europeos no quedaría únicamente en el fomento de la industria militar. El
período de ocupación japonesa en la península coreana –y parte de China-
escribió además uno de los más siniestros episodios del siglo XX. Durante las
expropiaciones masivas que siguieron a la instauración de la radical política
colonial japonesa, la represión fue cruel y despiadada. Violaciones, torturas,
hambrunas, fusilamientos,… En este escenario cabe situar el tristemente célebre
Escuadrón 731, uno de tantos macabros programas de investigación
pseudocientífica en base a los cuales el Imperio Japonés realizó despiadados y
letales experimentos con prisioneros de territorios ocupados.
Shirō Ishii, principal responsable del monstruoso Escuadrón 731, nunca llegó a ser juzgado.
El nacionalismo
coreano trató de proteger a duras penas la riqueza de su cultura frente a la
brutalidad del vecino invasor. Se las prometían muy felices cuando, tras la
derrota japonesa en los estertores de la II Guerra Mundial, todo parecía
indicar que por primera vez en mucho tiempo tendrían la ocasión de construir de
forma autónoma el soñado estado coreano. Sin embargo, la presencia en la
península de las dos superpotencias que habían salido victoriosas en el
conflicto desembocaron en la implantación de dos sistemas antagónicos que se
reclamaban mutuamente el control de la nación. En el Norte se instauró un
régimen comunista liderado por Kim Il-sung, en el Sur un estado autocrático
comandado por el anticomunista Shyngman Rhee, en la órbita norteamericana. En
1950, el ejército norcoreano atravesó el paralelo 38 –frontera acordada dos
años antes por EE.UU. y la URSS- y arrasó literalmente a las tropas
surcoreanas. Un enfrentamiento inevitable que se prolongó hasta el verano de
1953 y que sería cerrado en falso por la inconveniencia de norteamericanos y
soviéticos a enfrentarse apenas un lustro después de una guerra que había
horrorizado al mundo. Pese al apresurado desenlace el poder destructivo de la
Guerra de Corea fue descomunal. Los enfrentamientos acabaron con la vida de más
de cuatro millones de personas, civiles y militares. Un trágico legado que le
convierte en uno de los conflictos más sangrientos desde 1945.
La polarización
ideológica de la península coreana provocó su inevitable división en 1948. En
el Norte quedó instaurado un régimen comunista liderado por Kim Il-sung,
coreano nacido durante la invasión japonesa que había militado en la
resistencia controlada el Partido Comunista chino. Tras fracasar la tentativa
de unificar las dos Coreas bajo un gran estado socialista, Kim Il-sung
emprendió un programa intensivo de planes quinquenales al más puro estilo
soviético que centró sus esfuerzos en la industria pesada, el desarrollo
militar y la colectivización de la agricultura. El desarrollo de Corea del
Norte, devastada tras la guerra, fue notorio. En los años sesenta el nivel de
vida en el Norte superaba con creces a la aún convaleciente Corea del Sur. Sin
embargo, el rumbo de la nación cambiaría a partir de los años setenta cuando,
en un escenario marcado por el distanciamiento entre la URSS y China, Kim
Il-sung abandonó su rol de comunista ortodoxo y se embarcó en un proyecto
megalómano de dudosa racionalidad: la idea Juche. Una peculiar desviación del
leninismo, que de forma paulatina ha abstraído a varios millones de coreanos
hacia una suerte de paraíso socialista hermético, rígido y de tintes
esquizoides.
El nuevo sistema ideológico transformó radicalmente el modo
de vida norcoreano. Así como durante los primeros años del nazismo se ejerció
una intensa totalización del individuo en torno al nuevo orden político –la
denominada Gleichschaltung- Kim Il-sunginyectó las células de su nueva creación en todos los rincones del
territorio. La militarización de todos los aspectos de la vida diaria, la
omnipresencia de símbolos nacionales y tradicionales y, especialmente, la
ruptura de cualquier relación con los agentes externos, que empezaron a ser
demonizados a conciencia. Los efectos prácticos del Juche no se hicieron
esperar. La ruptura de relaciones comerciales con sus socios tradicionales
–China había emprendido un proceso de apertura económica que causó recelos en
el régimen norcoreano- y una deuda externa astronómica arrastraron al país
hacia una profunda crisis de infaustas consecuencias. Aunque no existen datos
contrastables por el hermetismo del estado coreano varios organismos internacionales
como Amnistía Internacional, Human Rights Watch y medios contrastados como The
Economist cifran en cerca de dos millones –casi el 10% de su población- las
pérdidas humanas derivadas de las severas hambrunas que vapulearon al pueblo
norcoreano entre 1995 y 1999. Su impacto fue tan evidente que, en 2001, las
autoridades norcoreanas cedieron ante las presiones internacionales y
reconocieron la gravedad de la situación, si bien nunca dieron crédito a las
elevadas cifras divulgadas por medios extranjeros.
En los últimos años la situación no ha mejorado. El
fallecimiento en 1994 del padre de la revolución Juche catapultó al poder a su
hijo Kim Jong-il, quien no dudó en continuar con mano de hierro el legado
paterno pese a la agónica situación de su población. Las dantescas escenas que
mostraban a millones de coreanos velando a su admirado líder, sumidos en la más
absoluta desolación fueron una evidencia clara de la aguda penetración de la
filosofía Juche en el subconsciente norcoreano. A pesar de su desaparición, el
régimen se ocupó de perpetuar la presencia de Kim Il-sung con una enmienda de
la Constitución que él mismo diseñó años atrás por la que fue designado
Presidente Eterno de la República. Su vástago y sucesor, Kim Jong-il se
concedió el privilegiado puesto de Líder Supremo, cargo simbólico que compagina
con la jefatura del Ejército Popular y del Partido de los Trabajadores, la
formación política que gobierna el país desde 1949.
Kim Il-sung y Kim Jong-il, arquitectos de un paraíso tétrico.
Apuntalar
el régimen en pleno siglo XXI.
El incidente del 23 de noviembre en la isla de Yeonpyeong,
cuya soberanía surcoreana no reconoce el Norte y en donde los dos vecinos se
enzarzaron a cañonazos, revela hasta qué punto la situación interna de Corea
del Norte es inestable. La presencia de civiles en la zona, muchos de los
cuales tuvieron que ser evacuados, hizo que este bombardeo resultara aún más
provocador que el ataque que realizó en marzo para hundir el buque de guerra
surcoreano Cheonan, en el que murieron 46 marineros. Apenas unas semanas antes
de los ataques a Yeonpyeong, Corea del Norte mostró a una delegación de
científicos norteamericanos una planta de enriquecimiento de uranio nunca antes
revelada, que aumentará la capacidad del régimen para fabricar armas nucleares.
Desde su instauración el gobierno de Kim Jong-il manifestó
su disposición de acercar posturas con Corea del Sur. Las crecientes presiones
internacionales y la delicada situación económica hicieron posible una tímida
reapertura de las relaciones internacionales. En 2000 tuvo lugar la primera
cumbre entre ambas Coreas que se desarrolló en un ambiente de cordialidad y de
la que salieron promesas de reagrupación de familias y acuerdos comerciales que
nunca llegaron a fructificar. El mismo desenlace tuvieron las conversaciones de
seis partes –EE. UU., Rusia, China, Japón y las dos Coreas- desarrolladas
durante 2005 sobre el programa nuclear norcoreano, punta de lanza de la
estrategia militar disuasoria que el régimen justifica frente a la hostilidad
del enemigo exterior, en continua conspiración contra el paraíso Juche.
Durante los años noventa, con la población asolada por una
de las mayores hambrunas del último siglo, el régimen norcoreano rompió
unilateralmente el Tratado de No Proliferación Nuclear al reprocesar en secreto
suficiente plutonio como para producir dos armas nucleares. Como consecuencia
EE.UU. decidió incluir a Corea del Norte en su particular eje del mal. La
administración de George W. Bush confiaba en poder resolver el problema
norcoreano potenciando su aislamiento para facilitar la caída del régimen
comunista. Su inesperada fortaleza exigió un cambio de estrategia. Kim Jong-il
aceptó entrar en conversaciones con las potencias nucleares bajo la condición
de que EE. UU. frenara el asedio económico y bancario en torno a sus dirigentes
y colaborara en el procesamiento de fuentes de energía alternativas.
Posteriormente, cuando la diplomacia se estancó, Corea del Norte lanzó una
serie de misiles en el Mar de Japón. Los cinco miembros permanentes del Consejo
de Seguridad de las Naciones Unidas acordaron una resolución que condenaba las
acciones de Corea del Norte, y China advirtió al régimen de Pyongyang que
moderara su comportamiento. Los avisos fueron desoídos y en 2006 Corea del
Norte detonó un dispositivo nuclear. Tres años después repitió la maniobra.
Sin embargo, los incidentes que han tenido lugar este año en
torno a la Zona desmilitarizada de Corea –la franja de seguridad que protege el
límite territorial de tregua establecido en el armisticio de 1953-, pueden
tener una explicación muy distinta. Los analistas internacionales coinciden en
señalar la debilidad de un sistema cada vez más aislado y lo que es más
determinante, el precario estado de salud de su líder que impera acelerar el
proceso de sucesión.
El régimen norcoreano tiene el poder de la debilidad. En
ciertas situaciones, la debilidad –y la amenaza de que un socio se colapse-
puede ser una fuente de poder en una negociación. El hundimiento de un estado
con una deuda externa incuantificable resulta una amenaza muy seria para los
estados periféricos. Otra cuestión espinosa es la alarmante situación de la
población norcoreana. Sumidos en una escasez alimentaria que dura ya dos
décadas y si visos de resolverse, junto al evidente déficit de libertades
presagian una estampida de refugiados hacia los países vecinos, un horizonte
para nada deseable en China y Corea del Sur. China no quiere una Corea del
Norte nuclear o beligerante, pero aún más le preocupa que un estado fallido se
colapse en su frontera. Y es que si desde los años noventa la cantidad de
norcoreanos que escapan del paraíso Juche ha crecido casi exponencialmente –a
pesar de que en la mayor parte de los casos son detenidos y repatriados con
todas sus funestas consecuencias-, el éxodo masivo que generaría una hipotética
quiebra del estado norcoreano no sería plato de buen gusto para el gobierno
chino, más interesado en su propio crecimiento económico que en los problemas
de sus vecinos.
La mayoría de los observadores atribuyen las recientes
provocaciones a la sucesión anticipada del poder en Pyongyang. Kim Jong-il pasó
décadas preparándose como sucesor de su padre, Kim Il-sung, pero muchos
informes sugieren que se está acercando al final de su vida. El pasado mes de
octubre, una fecha simbólica 10-10-2010, en un multitudinario desfile militar
que conmemoraba el 65º aniversario del Partido de los Trabajadores, Kim Jong-il
presentó en sociedad a su hijo menor. Kim Jong-un, con tan solo 28 años –o 26
según fuentes extraoficiales- ha sido promovido como sucesor natural en
detrimento del primogénito, el díscolo Kim Jong-nam, poco dispuesto a seguir el
ejemplo de su padre.
Esta exhibición de fuerza militar para proteger al régimen
de las amenazas externas puede, en realidad, estar destinada a favorecer el
acceso al poder de este general de 28 años. En los últimos años, en un discreto
y calculado lavado de cara, el régimen ha aceptado con cuentagotas la entrada
de turistas y trabajadores occidentales. En cambio la entrada de periodistas y
observadores internacionales ha sido mucho más limitada. En el desfile militar
del pasado octubre, en una decisión sin precedentes Kim Jong-il invitó a varios
medios extranjeros –entre ellos TVE- para que fueran testigos directos de la
capacidad militar del régimen del Líder Supremo y la puesta de largo de quien,
más pronto que tarde, será el tercer peldaño de esta singular dinastía
comunista.
Corea del Norte es, con permiso de Cuba, el último reducto
de la Guerra Fría. Un régimen hermético salido de la II Guerra Mundial y de un
conflicto entre compatriotas que aún hoy, medio siglo después sigue sin
resolverse. El vaporoso armisticio de 1953, firmado en connivencia con las
potencias que entonces guiaban los designios de un mundo dividido, permanece en
el subconsciente de la comunidad internacional casi intacto. En pleno siglo XXI
ningún organismo, ningún actor internacional parece interesado en finiquitar un
conflicto irresoluble. Un conflicto que da alas a un régimen anacrónico que, a
pesar del secretismo y el bloqueo informativo se sabe, somete a 24 millones de personas
a un control represivo bajo la ilusión de una ideología delirante. Esta suerte
de estalinismo remozado ha convertido al ciudadano norcoreano en un zombi que
reside en un mundo irreal. Muertos en vida que creen sobrevivir en un paraíso
igualitario mientras deambulan entre monstruosas estatuas de sus líderes,
modernas autopistas por las que apenas circulan coches ante la ausencia de
combustibles y gigantescas avenidas que al anochecer caen en la más absoluta
oscuridad. Los menos afortunados puede que sobrevivan en alguno de los
innumerables campos de concentración que se especula podrían albergar a varios
millones de prisioneros. La mayoría de ellos encerrados durante generaciones
por el mero hecho de ser parientes de algún prófugo. Son sobrecogedores los
testimonios de los pocos que han logrado salir. Quienes no corrieron esa suerte
nunca podrán contarlo. En el siglo XX asistimos horrorizados a un macabro
despliegue de atrocidades perpetradas por seres humanos como nosotros.
Alemania, Rusia, Camboya, Turquía, Chile, Argentina, Bolivia,… La lista es
interminable. El mundo se ha transformado en el último medio siglo con una
celeridad inédita hasta entonces, pero esta lista de la vergüenza sigue
esperando expectante al siguiente inquilino.
Y como complemento, dos documentales muy ilustrativos sobre la situación actual de Corea del Norte:
"Amarás al líder sobre todas las cosas", emitido por Cuatro en 2007.
"Corea del Norte: Acceso al Terror", producido por la BBC en 2004.
Era de esperar que en estos tiempos de conflictividad
política y efervescencia social un hecho que tuvo lugar hace nada menos que
ocho siglos pasara desapercibido. Convertida España en un protectorado de
facto –¿o de “soberanía suspendida”?- no parece razonable que una victoria
medieval lograda armas mediante y en nombre del Dios cristiano pueda servir
como inyección de energía para una sociedad sumida en el desencanto y la
depresión. Pero a mi juicio es este uno de los grandes males del ADN español.
El profundo desconocimiento de su historia y lo que es peor, en consecuencia de
ello, su malinterpretación y menosprecio sistemático.
No voy a entrar en análisis socio-históricos de esta circunstancia.
No es difícil recordar que nuestra historia ha sido manipulada e
instrumentalizada con fines oportunistas en distintos momentos de nuestra
historia más o menos reciente. Hoy día toda tentativa de establecer un paralelismo
del momento actual con cualquier episodio de nuestra historia es de inmediato
reprobada y tildada de reaccionaria, trasnochada o algo peor.
Al margen de estimables debates en torno a la existencia o
no de una identidad nacional, es incuestionable que compartimos una historia en
nuestro territorio común. Y aquel episodio del que hoy se cumplen nada menos
que 800 años es uno de aquellos que marcaron un antes y un después en el
devenir de los pueblos peninsulares. La Batalla de las Navas de Tolosa fue la
primera gran derrota del reino musulmán frente a los reinos cristianos del
norte. Alfonso VIII, rey de Castilla recurrió al Vaticano para reforzar la legitimidad
de los feudos cristianos frente al poderío islámico. Inocencio III llamó a la
cruzada contra los musulmanes y el rey castellano se alió con sus vecinos –con
la salvedad de su homólogo leonés- y emprendió una ofensiva que tuvo su cénit
un 16 de julio de 1212 con la sonada derrota de las tropas almohades en el
municipio jienense que dio nombre a la contienda.
"La Batalla de las Navas de Tolosa" según F. De Paula Van Halen (1814-1887)
Aunque la presencia morisca en la península se prolongaría
dos siglos más –por las contrapartidas que Castilla recibía del reino granadino-
aquel enfrentamiento decantó de forma clave el equilibrio hacía el lado
cristiano. La Reconquista emprendió su marcha triunfal. Con diferente desenlace
en Navas, a buen seguro esta España sería bien distinta. Y entonces puede que
el reiterativo debate en torno a la cuestión nacional fuera la menor de
nuestras preocupaciones.
ABC publica hoy un artículo que si bien cae en algún error
histórico bastante común, es una buena síntesis de lo que sucedió en tierras
jienenses hace hoy exactamente ochocientos años:
"También era lunes aquel 16 de julio de 1212 y, como hoy,
hacía un calor infernal al pie de Sierra Morena cuando la España cristiana
propinó un duro golpe a los musulmanes en la Batalla de las Navas de Tolosa,
decisiva en la Historia de España. Tanto, que hay quien habla de aquel 16 de
julio de hace hoy ocho siglos como el día D de la Reconquista.
Castellanos,
aragoneses y navarros dejaron atrás sus peleas territoriales y sus disputas de
linaje para unirse frente a las tropas de la Media Luna que capitaneaba
Muhammad An-Nasir, más conocido por los cristianos como Miramamolín. El califa
almohade había reunido un poderoso ejército, se cree que de hasta 200.000
hombres, con la intención de barrer de la península a los reinos cristianos y
completar así la obra que su padre inició años atrás en la batalla de Alarcos.
A Alfonso VIII de
Castilla aún le dolía esa derrota sufrida veinte años atrás (1195) y ante la
caída del castillo de Salvatierra, que suponía la amenaza musulmana sobre
Toledo, solicitó la ayuda del Papa Inocencio III, que llamó a la cruzada contra
los musulmanes, y logró que Pedro II de Aragón y Sancho VII El Fuerte de
Navarra le secundaran en su ofensiva. Faltó el rey de León Alfonso IX, pero sí
acudieron sus caballeros.
El 14 y 15 de julio
de 1212 ya estaban dispuestos en el campo de batalla más de 100.000 musulmanes
dirigidos por el califa y unos 70.000 cristianos, entre castellanos,
aragoneses, navarros, portugueses, cruzados franceses, además de maestros del
Temple y de San Juan. Se estima que murieron unos 20.000 árabes y 12.000
cristianos. Fue una de las batallas más sangrientas y más trascendentes de la
Edad Media. «No se la cita como una de las grandes batallas de la historia del
mundo y seguramente ellos no fueron conscientes que habían destrozado al Islam,
pero realmente fue el principio de su fin», aseguró a Efe Francisco Rivas,
director sectorial del Mundo Islámico y Cuestiones Religiosas en la Asociación
de Geopolítica GIN y autor del libro «1212. Las Navas».
El ejército cristiano
se había ido reuniendo durante el verano de 1212 y avanzó hacia el sur al
encuentro de las huestes almohades, que les doblaban en número. Cuenta la
tradición que un pastor guió a los cristianos en su paso por Despeñaperros para
así poder atacar a los moros por la espalda. Llegó a las Navas, a cuatro
kilómetros de lo que hoy es Santa Elena, el viernes 13 de julio y después de
dos días de escaramuzas, los cristianos decidieron atacar. El vizcaíno don
Diego López II de Haro capitaneó la primera carga de las tropas cristianas. Los
musulmanes intentaron repetir la estrategia que tan buenos resultados les había
dado en Alarcos, simulando una retirada para contraatacar con sus mejores
soldados después. Los cristianos se lo esperaban y la segunda línea de combate
estaba preparada, pero no era suficiente para hacer frente al ejército
almohade.
En ese decisivo momento, los tres reyes cristianos al frente
de sus hombres se lanzan a la batalla en una carga que resultó imparable. El rey
Sancho VII de Navarra, con los doscientos caballeros navarros se dirigieron
directamente hacia la tienda roja de Al-Nasir, que guardaban los imesebelen, la
Guardia Negra procedente de Senegal, que se enterraban en el suelo y se
anclaban con grandes cadenas, para luchar o morir. Según la tradición, Sancho
VII el Fuerte rompió las cadenas, que se incorporarían después al escudo de
Navarra junto a la esmeralda del turbante del califa, que logró huir a Jaén.
Miramamolín moriría un año después de la derrota. [*]
Cuentan que tras la batalla, en la tarde del 16 de julio de
hace hoy ocho siglos, Alfonso VIII recorrió junto al Arzobispo de Toledo, don
Rodrigo Jiménez de Rada, el terrible escenario de la carnicería. De este botín
se conserva el pendón de Las Navas en el Monasterio de Las Huelgas en Burgos,
considerado el mejor tapiz almohade en España. En la iglesia de San Miguel
Arcángel de Vilches se conserva la Cruz de Arzobispo de don Rodrigo, una
bandera, una lanza de los soldados que custodiaban a Miramamolín y la casulla
con la que el arzobispo ofició misa el mismo día de la batalla de las Navas de
Tolosa.
Los prisioneros
árabes fueron llevados a construir la fortaleza de Calatrava la Nueva.
Tras la victoria en
las Navas, Alfonso VIII conquistó después Navas, Vilches y Baño, Baeza y
Úbeda... El empuje cristiano fue ya imparable."
[*] En contra de lo que afirma la leyenda, las cadenas sarracenas que adornan el escudo de Navarra no guardan relación con la presente batalla. Este ornamento se puede encontrar en escudos previos como el de la Iglesia de San Miguel de Estella (1160) o en las miniaturas de la Biblia de Pamplona (1189).